FULGOR Y MUERTE EN PICHIDANGUI

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
/eramirezcapello@gmail.com

¡Horror!

El buzo Larenas desencaja su rostro.

Manos crispadas. Ojos en desentorno. Angustía mayor.

Llora.

Grita.

El mar turquesa se mezcla con el rojo violento de la sangre.

Es una escenografía de la muerte.

Héctor Precht Bañados -amante de Pichidangui, abrió surcos en el mar insolente con su windsurf y su velero- narra el capítulo con una prosa inquietante, generadora de suspenso.

Hoy rema en el kayak.

Siempre ha sido un megadeportista.

Elsa Barrientos desayunó con su marido el 5 de enero de 1985 con sus tres hijos y él partió a la caleta.

Fue la última mañana de su vida.

Como en un acta notarial, transcribo algunos párrafos del reportaje de Héctor, publicado el 21 de febrero de 1995.

Larenas, de 32 años, embarcó con su hermano para que le bombeara aire mientras él bajaba a extraer mariscos y a poner peces enfiló, rumbo a Isla de los Lobos. Hacia Los Molles, guió diestramente su embarcación en pos de mar abierto”.

Agudo conocedor de Pichidangui, Precht cuenta que el buzo divisó la alba casona de los Barroilhet y sobrepasó la atrevida residencia del economista y varias veces ministro demócrata cristiano Carlos Massad.

Giró frente a la iglesia de Pichidangui, que se alza en las rocas, donde las olas intensas golpean sus vidrios, detrás del altar.

Describe el paraje de la bahía, con fino pincel.

Cuando desaparecieron las primeras casas aisladas, Larenas y su hermano quedaron en plena soledad oceánica, esta vez, con rumbo a la muerte.

La mar mirada desde la costa, en una superficie lisa, los botes parecen deslizarse, los windsurfs simulan mariposas, los barcos pasan raudo.

Todos es engaño. Los botes se bambolean, windsurfs rebotan mientras el viento restaña en sus velas, los barcos trepan por las olas, resbalan y se enderezan en pos de una nueva y verde montaña líquida”.

Precht atrapa con su ritmo narrativo y descriptivo:

El bote de Larenas, golpeando las aguas con la proa, alcanzó las cercanías de la Isla de los Lobos. Bajo la superficie, en ese mismo instante, un tiburón de siete metros se desplazaba lánguido con suaves golpes de cola, atento a algún lobezno que le sirviera de canapé.

No son sus mares habituales, aunque tampoco extraños.

En los últimos 30 años han muerto tres pescadores a causa de ello, entre Los Vilos y Los Molles .

De este modo se concertó la cita entre estos dos cazadores: un buzo optimista y el otro, el más frío monstruo de las profundidades, una perfecta máquina asesina que no ha necesitado evolucionar en miles de años por ser ya un producto letal afinado”.

El relato prosigue sin bridas, con fulgor:

Larenas detuvo el bote y se dispuso a saltar ante la mirada de decenas de relucientes lobos negros que tomaban sol en la isla.

Vinculado a la vida por la amarilla manguera de aire, José agitó la mano en señal de despedida y, sentado en la borda, se impulsó hacia atrás entre chapoteos y burbujas hacia las profundidades, fatalmente camuflado de lobo, con su traje negro”.

De pronto, relata Héctor Precht:

Un borbotón escarlata hirvió las aguas, por un horrendo instante, divisó las fauces del tiburón asomándose entre las olas con el cuerpo de José aprisionado en ellas, cercenado y sanguinolento, para luego desaparecer en poder del monstruo asesino, que regresó a las profundidades en medio de una explosión carmesí”.

El epílogo es electrizante y estremecedor:

Enloquecido, tiró la manguera implorando un milagro y atisbó una remota esperanza al sentir un peso que arrastraba en el extremo del cable. Lo aguardaba un desenlace peor: venía su hermano, cortado en diagonal, sin cabeza y sin un brazo, devorado bajo el sol radiante de un verano en Pichidangui”.