Repensar la Comunicación

Columnista invitado: Nicolás Ibieta Illanes
@nicoibieta
Master en Comunicación Política y Corporativa

 

Difícil sería encontrar por estos días, a alguien que no reconociera el poder y los efectos de los medios de comunicación en las personas. Lo mismo parece ocurrir en torno respecto con la fuerte crítica a la calidad de los mismos. Por lo mismo, y en el marco de las campañas presidenciales y sus programas -al menos los que hemos podido conocer hasta ahora-, me atrevo a sugerir una suerte de revolución en cuanto al funcionamiento de los medios y al ejercicio de la comunicación en general, en nuestro país.

Si el impacto de los medios de comunicación en la vida de las personas y en el devenir de la sociedad es innegable, ¿por qué no darle la misma relevancia que otras áreas o disciplinas que influyen igualmente? Pienso en la medicina, el derecho y la pedagogía, específicamente, respecto de las cuales hemos diseñado distintos mecanismos para regular su ejercicio e intentar asegurar un mínimo de calidad en sus prestaciones y contenidos.

Lo primero que cabe, entonces, es coincidir en el diagnóstico. A este respecto, parece ser unánime que tanto la ciudadanía como los expertos coinciden en que los medios, y en especial la televisión, están al debe en cuanto a la calidad de sus contenidos.

Sólo como muestra, podemos referir a la VII Encuesta Nacional de Televisión que lleva a cabo el Consejo Nacional de Televisión (CNTV), en cuya última versión de 2011 el único programa visto por más de la mitad de los encuestados, y que fueron financiados por el Fondo de Fomento a la Calidad del CNTV, fue “Los 80”. Los 9 restantes no llegaron a ser vistos ni siquiera por el 30% de los encuestados (5.047 casos). Así mismo, vale la pena revisar distintos estudios que dan cuenta de la decepción de la ciudadanía frente a contenidos de farándula, violencia, sexo y un largo etcétera. Dado el impacto de la televisión no sólo en las personas sino también en los contenidos del resto de los medios, parece razonable afirmar que esta crítica a la calidad se extiende a todos ellos.

Cabe entonces la pregunta ¿cómo revertir este escenario? Pienso que la respuesta pasa por repensar el rol de los cuatro actores principales involucrados: las audiencias, los medios, la autoridad y los profesionales de la comunicación. Sin duda, las propuestas que siguen son absolutamente insuficientes, puesto que en un espacio como esta columna no cabe todo lo necesario, pero debemos empezar a hablar de ello. Por eso creo que vale la pena el enunciado.

Respecto de las audiencias, creo que lo que hace falta es educación. A este respecto coincido plenamente con las ideas de “nutrición cultural” que han surgido desde el equipo que trabajó el programa de Evelyn Matthei, pero creo que se queda corto en lo que se refiere a los medios. Pienso que debiéramos formar a los niños desde pequeños en cómo funcionan los medios y el impacto de los mismos en la vida de las personas y el desarrollo de la sociedad. Para ello, creo que se debiera incluir de manera obligatoria en los programas de educación básica, sea como un curso propiamente o dentro de alguna asignatura como educación cívica. Lo que hoy existe, claramente, no ha sido suficiente. En esta tarea, se debería poner especial énfasis en el rol de los medios digitales. El avance tecnológico y lo que ya está ocurriendo en los medios, nos llevará a un sistema de medios con los formatos que ya conocemos y más, pero todos en una compleja trama que converge a través de internet.

Respecto de los medios, pienso que necesitamos con urgencia nuevos mecanismos que permitan el desarrollo de más y mejores medios de comunicación (actualmente lo único que tenemos es la Ley de Prensa), revirtiendo la situación actual de concentración que existe en la propiedad de medios tradicionales y que parece estar extendiéndose a los medios digitales. Se debiera favorecer en particular, la proliferación de éstos últimos, toda vez que el consumo de medios digitales crece a tasas superiores que cualquier otro tipo y, como hemos dichos, son un espacio en el que convergen todos los medios.

Respecto de la autoridad, pienso que debiera estar dotada de un cuerpo de entidades capaces realmente de vigilar la actividad de los medios y velar por la calidad de sus contenidos. Lo primero sería ampliar el espectro de alcance de la Ley 19.733 o “Ley de Prensa”, pues ella contempla sólo los alcances de la actividad del periodista y debiéramos considerar en la legislación también la actividad de relacionadores públicos, publicistas y cineastas, entre otras profesiones. Deberían existir también, por ejemplo, una Superintendencia de Medios de Comunicación cuyo rol fuese el de controlar y fiscalizar a los actores de esta industria. Así también, se debiera crear una entidad análoga al Sernac Financiero, pero exclusivamente para proteger los derechos de los consumidores (los auditores, en este caso) y aumentar las facultades del estado en la tarea de fiscalización de los medios, las que hoy radican en el CNTV y son claramente insuficientes.

Respecto de los profesionales, -siguiendo con la comparación con otras disciplina como la medicina, el derecho o la pedagogía- creo que debiéramos establecer nuevos mecanismos para resguardar la calidad en la formación de los futuros profesionales con medidas como exigencias mínimas para la certificación de licenciaturas y títulos profesionales, incentivos para atraer buenos estudiantes a las carreras de la comunicación (periodismo, publicidad, comunicación audiovisual, cine, relaciones públicas, etc.) y agregar nuevas modalidades de estudio como “comunicación institucional” y otras, para dar cuenta de la realidad de los medios y el ejercicio comunicación en general.

La comunicación es, en última instancia, un instrumento propio de la naturaleza del hombre que nos permite desarrollarnos como individuos, pues con ella damos cuenta de nuestra individualidad, y como sociedad, pues nos permite entrar en contacto y diálogo con el otro y articular nuestras formas de organización social. Los profesionales de la comunicación no podemos olvidar esta naturaleza y, en el ejercicio profesional, debemos ejercerla de manera virtuosa para darle a esa naturaleza su mayor y mejor expresión. La comunicación no puede estar al servicio de otro propósito y cuando ello ocurre, deja de ser comunicación. Por lo mismo, quienes trabajamos y quienes quieran trabajar en este empeño, debemos considerarnos servidores, y no usar la comunicación para servirnos.

Este será el mayor de los desafíos para recuperar la calidad en los medios de comunicación y dado el impacto de sus efectos, no podemos sino pensar en cómo articulamos el ejercicio de la comunicación en la sociedad, para que sirva al bien común de todas las personas. Estas líneas, por tanto, no pretenden ser un catálogo para seguir a raja tabla, sino más bien una provocación a todos quienes pueda interesar el tema. Y si vemos las cifras de las audiencias de los medios en Chile, nos debiera interesar a todos.