Erutos y regüeldos

Columnista invitado: Carlos Franz

De Cervantes se acuerdan cuatro gatos porque se los obliga a leer el Quijote”, dijo una vez la escritora de superventas, Isabel Allende. Unos años después en Chile le dieron el Premio Nacional de Literatura.

Aquí premiamos la soberbia fugacidad de las cifras de ventas. En otros sitios celebran que la segunda parte del Quijote cumple este año cuatro siglos. Cualquiera que valore más la cultura que la popularidad verá que Don Quijote de la Mancha es algo mucho mejor que un superventas, es un superviviente. Ha sobrevivido incólume a tantos pájaros de mal agüero, que uno se pregunta: ¿cuál será el secreto de su buena salud?

En el capítulo XLIII, de esa segunda parte del Quijote, encontramos estas recomendaciones higiénicas que, si las siguiéramos todos, quizás llegaríamos a vivir tan largo como ese libro. Don Quijote le aconseja a Sancho:

Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie.

–“Eso de erutar no entiendo” –dijo Sancho.

Y don Quijote le dijo:

–“Erutar, Sancho, quiere decir 'regoldar', y éste es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy significativo; y así, la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los regu╠łeldos, erutaciones [...]”.

–“En verdad, señor” –dijo Sancho–, “que uno de los consejos y avisos que pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo”.

–“Erutar, Sancho, que no regoldar” –dijo don Quijote."

En esa escena de los eructos y regüeldos, como en tantas otras de la novela cervantina, queda patente un duelo entre el habla cuidada, y algo rebuscada, del Caballero de la Triste Figura y aquella parla grosera pero franca del campesino y escudero, Sancho. Eructar y regoldar son sinónimos. Pero a don Quijote, que pertenece a esa “gente curiosa” o instruida, el primer verbo le suena menos ofensivo al oído que el segundo. La tensión entre esas dos lenguas atraviesa la novela de Cervantes como un eje. Sosteniendo en equilibrio ese eje está la voz del narrador: no tan simple como la del campesino, pero menos arcaizante que la del caballero.

Volviendo a la salud excepcional del Quijote, el párrafo citado contiene una clave de esta longevidad de cuatro siglos. En esa misma escena don Quijote le hace una apuesta a su escudero. Le apuesta que si algunos de sus contemporáneos no entienden todavía los términos “erutar” y “erutaciones” –que él recomienda– “importa poco, porque el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.

Para el Caballero de la Triste Figura en el lenguaje influyen tanto la costumbre vulgar, como el uso cultivado de las palabras que hace “la gente curiosa”. Entre los muchos ideales de don Quijote también está el de enriquecer la lengua fomentando vocablos “curiosos” o raros, pero que a él le parecen mejores. Para alcanzar ese ideal suyo el hidalgo manchego está dispuesto a batallar contra el molino de viento verbal que domina su época. Una batalla que hoy nosotros daríamos por perdida. Sin embargo, Alonso Quijano está convencido de que la instrucción puede influir en las costumbres generales. Y por esto le predice a Sancho que la palabra refinada, eructar, llegará a imponerse sobre ese “torpe vocablo”: regoldar.

Era una apuesta arriesgada –quijotesca en verdad– pues en época de don Quijote cualquiera se habría jugado por lo contrario. Así es, en el Tesoro de Covarrubias –diccionario publicado en 1611– aparece la palabra “regüeldo”, pero no figura para nada el vocablo “eruto” o “eructo”. Ese regoldar de Sancho era una expresión mucho más común en el siglo XVII que el ideal eructo de don Quijote. Esta última voz era tan rara que ni siquiera aparecía en los diccionarios. Y por eso cualquiera habría dicho que el Caballero de la Triste Figura iba a perder su apuesta, como casi siempre le ocurría.

No fue así. Cuatrocientos años después la palabra “eructo” se usa mucho más que el vocablo “regüeldo”. Desde luego, las malas costumbres no han mejorado un ápice por eso. Me temo que, pese a su generalizado cambio de nombre, la ventosidad en cuestión se emite tanto o más que antes.

Pero eso no importa. Lo “significativo”, como diría el hidalgo manchego, es que éste ganó su apuesta. En la batalla verbal, ya que no en las otras, don Quijote triunfó. Y sigue triunfando sobre los orgullosos superventas de hoy. Uno de los secretos de la salud de roble del libro de Cervantes, que lo ha mantenido vivo cuatrocientos años, es ése: su quijotesca apuesta por el futuro de las palabras.