Los mejores

Columnista invitado: Carlos Franz
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Ricardo Lagos tuvo que declinar su candidatura a la Presidencia de Chile. Sólo un cuatro o cinco por ciento de los encuestados manifestaba intención de votar por él. Dejándose llevar por esas encuestas –en vez de luchar para cambiarlas– el Partido Socialista descartó a su mejor líder. En una inusual votación secreta apenas un tercio del Comité Central apoyó a Lagos.

Si no logré convencer a los míos…”. Ese fue el estoico comentario de Ricardo Lagos al retirar su candidatura.

Esa frase del expresidente Lagos me recordó un verso profético de William B. Yeats: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad”.

El poder de convicción de los mejores está en crisis (y no sólo en Chile). Las mejores ideas, los hombres o mujeres ejemplares, no convencen a la mayoría. Aquellos líderes valientes –como Lagos– que se atreven a proponernos un camino largo, gradual y esforzado, persuaden a muy pocos.

En cambio los simplistas, que juran conocer atajos hacia la inmediata satisfacción de las necesidades sociales, convencen a muchos con su rotundidad gritona. “Los peores están llenos de apasionada intensidad”.

Ricardo Lagos representa a la mejor izquierda chilena. Esta izquierda moderna y moderada, en alianza con el centro político, le dio a Chile un progreso gradual pero seguro cuyos logros asombraron al mundo.

Esa izquierda moderada surgió de una doble adversidad: la derrota y el desengaño. La dictadura derrotó y persiguió con saña a los partidarios de la Unidad Popular. Muchos de sus militantes fueron encarcelados, torturados o muertos. Otros miles debieron salir al exilio.

A esa derrota se unieron los desengaños sufridos por la izquierda durante los setenta y ochenta. En 1989, mientras terminaba la dictadura en Chile, cayó el muro de Berlín. En cosa de meses la URSS y los regímenes socialistas de Europa Central fueron derribados por sus propios pueblos. El comunismo chino había sido más astuto: desde fines de los setenta traicionó su ideario adoptando el capitalismo para mantenerse en el poder. Deng Xiaoping condujo esa voltereta ideológica con implacable pragmatismo: “no importa el color del gato con tal de que cace los ratones” (de la pobreza). En Latinoamérica somos menos pragmáticos. La Revolución Cubana escogió ahondar su fracaso. En los noventa, privada de los subsidios de la URSS, la dictadura castrista prefirió sumir a su país en una orgullosa miseria antes que cambiar.

Los jóvenes chilenos que al inicio de los setenta soñaron con hacer una revolución socialista sufrieron una derrota y muchos desengaños. Algunos se hundieron en la decepción. Otros se encastillaron en el resentimiento. Pero la mayoría tuvo el coraje de hacer autocrítica y revisar sus ideas sin abandonar sus ideales. Ellos tuvieron la fortaleza de cambiar (sólo los débiles le temen a los cambios). Y esto los convirtió en los mejores.

Con el liderazgo de los mejores Chile también cambió. Esa izquierda renovada pudo aliarse con el centro formando una “izquierda centrada” que condujo la transformación del país. En 1990 más de un 40% de la población chilena vivía en la pobreza; en 2010 los pobres eran menos de un 10% (aunque esto sigue siendo mucho). En veinte años un país pequeño y atrasado pasó a liderar Latinoamérica en salud, en educación, en desarrollo humano. Y todo aquello se hizo mientras se reconstruía una democracia. Los muchos defectos de esas dos décadas de gobiernos de la Concertación disminuyen ante la enorme realidad de sus logros. Millones de personas emergieron de una miseria secular. Algo que sus padres y abuelos sólo pudieron soñar.

¿Por qué contar de nuevo esa historia que Chile debería conocer bien? Quizás hay que hacerlo porque no se contó bien. Un defecto de la Concertación fue su incapacidad de relatar su propia épica. Esa generación forjada en el infortunio y el desencuentro supo ponerse de acuerdo y desarrollar un país en libertad. Realizaron una hazaña pero no la narraron con la fuerza necesaria. Quizás pensaron que sus obras hablarían por sí mismas. Error grave porque muchos interpretaron esa modestia como falta de convicción. Y no es posible convencer sin mostrarse convencido.

Lagos fue de los pocos que mostró convicción. En general fueron “los peores” quienes se quedaron con la palabra. “Llenos de apasionada intensidad”, menospreciaron todo lo realizado. Con celo religioso vieron sólo el “pecado original” en lo que fue y es una gesta política muy original. Tras ellos vinieron los populistas sonrientes y esos jóvenes indignados que quieren recibir gratis lo que costó tanto.

Los mejores deben recuperar su poder de convicción. Es urgente.