Lavaplatos o fregadero

Columnista invitado: Carlos Franz
Publicado en La Segunda, el 23 de Mayo de 2015

Cuando llegué a vivir en Madrid pensé que me instalaba en mi casa. Ya que España es la cuna de nuestra lengua castellana, y puesto que según Heidegger “el lenguaje es la casa del ser”, yo deducía que en Madrid me encontraría como en mi hogar, lingüístico al menos.

Ese idilio duró hasta que se tapó el lavaplatos. El agua sucia desbordó de él anegando nuestro departamento recién arrendado (que allá se diría: nuestro piso recién alquilado). Afligido, pregunté al vecindario por un gasfíter y hasta por un plomero –así lo llamábamos en la Argentina de mi infancia– que pudiera destapar ese lavaplatos. Cuando por fin entendieron el problema los vecinos me aclararon que lo “atascado” era el “fregadero”. Además me informaron que no conocían a gasfíteres o plomeros pero que enseguida me enviarían un buen fontanero.

Fontanero: la palabra me pareció deliciosa, mucho más eufónica que ese pesado plomero o ese “imperialista” anglicismo chileno peruano: gasfitter. De modo que me puse a esperar al técnico en fuentes de agua con agrado e impaciencia. Cuando por fin llegó, el fontanero examinó la instalación chorreante y como primer paliativo me pidió un barreño y una bayeta.

¿Un barreño y una bayeta? Me sentí más fregado que el fregadero. Sólo tras interrogarlo un rato logré saber que el tal barreño era un humilde cubo donde recibir el agua que caería del lavaplatos al desatascarlo. Mientras que la bayeta era un simple estropajo para secar el agua ya derramada.

Habremos tardado unos diez minutos en esas y otras traducciones; al fontanero le tomó otros cinco minutos destapar el fregadero; y no se demoró ni diez segundos en cobrarme cien euros. (Desde entonces los fregaderos o lavaplatos, los destapo yo.)

No sólo los lavaplatos me causaron enredos. En Madrid, por alguna razón misteriosa, la lengua vernácula se ha empobrecido y ya casi nadie dice “almuerzo”. Lo llaman comida. Como en Chile sufrimos de la miseria inversa y llamamos comida a la cena, a mí me ocurrió llegar por la noche a una comida que en realidad había sido un almuerzo.

Traumatizado por ese enorme atraso, en otra ocasión llamé anunciando que iba a demorarme un poco. Pero entonces a mis amigos madrileños les costó algo entender que en realidad iba a “tardarme”. Porque allá el uso corriente del verbo demorar es en su segunda acepción: detenerse en un lugar.

Esos y otros desencuentros en la cuna de nuestra lengua casi me hicieron parafrasear a Óscar Wilde y decir: tenemos todo en común con España excepto, claro, el idioma. En lugar de eso, y en forma inconsciente, mi acento y mi léxico empezaron a españolizarse. No diré que llegué a cecear, pero sí que la entonación se me reforzó, tornándose más dura. Mi léxico también mutó un poco, se me desvistió de atenuaciones, diminutivos y conjugaciones potenciales. Alguna vez mi mujer me reprendió por espetarle un: “pásame la sal”, en lugar de: “¿me pasaríai la salcita?”.

Está probado que los chilenos gozamos de una especial capacidad para abandonar la entonación propia y sumirnos en una ajena. Cuando el futbolista Iván –Bam-Bam– Zamorano se fue a jugar por el Real Madrid, casi directamente desde su natal Maipú, a los seis meses ya estaba hablando con un acento andaluz, que parecía un gitano de las cuevas de Granada.

La transformación de mi tono y vocabulario no llegó a eso, de ninguna manera. Pero bastó para que un chileno me lo enrostrara.

A raíz de la publicación de uno de mis libros, un periodista me entrevistó desde Chile por teléfono, para un programa radial. En el curso de la conversación notó ese leve acento castizo y algunas palabras de español peninsular que se colaban en mi habla, y me lo censuró “al aire”. Improvisando respondí que yo también había notado esos cambios en mi lengua. Y agregué que estaba muy contento por este fenómeno ya que así ponía en tensión mi dialecto nacional.

Mi entrevistador quedó más picado aún. ¿Y por qué habría que poner en tensión nuestro dialecto?, me preguntó, como si yo hubiera dicho que lo tensado serían la bandera o el himno o la fidelidad misma a la patria. Creo que no logré explicarlo bien entonces, así que lo intento ahora de nuevo.

Tomar distancia de su habla usual, someter a una renovada curiosidad su tono, su dicción, y su léxico, le permite al escritor escuchar su propia voz como ajena. Un recurso invaluable en la creación de personajes.

Pero no sólo para un escritor es saludable poner en tensión su dialecto, alguna vez. También podría serlo para cualquier persona. Eso de saber que el lavaplatos puede llamarse fregadero no hace menos fregado lavar los platos. Sin embargo, comprobar de vez en cuando que nuestros giros y modismos más naturales resultan incomprensibles y hasta absurdos para otros hablantes de nuestro mismo idioma, nos inocula algo de humildad. Tal como vernos obligados a emplear las palabras de los otros nos ayuda a ponernos en su lugar.