Ha muerto Guillermo Blanco
Columnista invitado: Francisco Castillo Por centenares debiéramos contarnos los periodistas que aprendimos con Guillermo Blanco a observar con esmero y buena leche los acontecimientos, y a pulir nuestros textos incorporándoles a los datos precisos ciertas gotas de humor y de pronto un toque romántico. Así era Blanco como periodista. Buscaba no sólo informar bien, sino hacerlo con elegancia y amenidad. Era una persona en extremo bondadosa y amante de la buena escritura. Cómico hasta decir basta, fino como corbata italiana, a veces punzante para aguijonear la mentira y el deshonor. Hace poco nos contó una historia singular. A comienzos de 1961 leyó en la prensa que la Universidad Católica iba a crear su propia Escuela de Periodismo. En la época había solamente dos: las de las universidades de Concepción y de Chile. Blanco era ya escritor, pero quería ser periodista, entonces fue a postular. Al llegar al edificio de la vieja escuela, en calle San Isidro, lo reconoció el director, Patricio Prieto Sánchez, quien de inmediato le ofreció ser profesor de redacción periodística. Y aceptó, para fortuna de los cientos que desde ese año y en adelante fuimos sus alumnos. Barrero como él solo, apoyaba a muerte a quienes tenían buena pluma, aunque fallaran en la estructura clásica de la pirámide invertida. Ésa es la que indica poner lo más importante al comienzo del texto, y luego desplegar la información. No. Él prefería un comienzo creativo, cautivador. Ofrecerle al lector un caramelo al comienzo era más efectivo. En ese sentido, fue un gran innovador. Hoy la mayoría de los textos en los grandes diarios del mundo siguen esa línea. Recibió numerosas distinciones, fue miembro de la Academia Chilena de la Lengua y Premio Nacional de Periodismo en 1991. Pero sobre todo, maestro de reporteros y redactores que tendremos que refugiarnos en sus escritos para tener consuelo ante su partida. |