EL ETERNO ENAMORADO

Columnista invitado: Enrique Fernández

La partida de Mario Gómez López es la desaparición de uno de los últimos personajes de leyenda dentro del periodismo chileno del siglo XX. Su figura imponente, su voz de tenor y su espíritu inquieto nos trasladaron a múltiples acontecimientos que primero fueron noticia y luego se convirtieron en capítulos de nuestra historia. Porque Mario integró esa vanguardia de maestros del Periodismo que hicieron de esta profesión un apostolado al servicio de la verdad y la justicia.

Su nombre sobresale en las páginas de esa Edad de Oro de la prensa chilena, junto a las brillantes plumas de Luis Hernández Parker, Tito Mundt, Lenka Franulic, Julio Lanzarotti, Eugenio Lira Massi y José Gómez López, su querido hermano “Pepe”. Fueron ellos, con su vocación autodidacta, su bagaje cultural y su espíritu bohemio, los que elevaron el Periodismo a la categoría de carrera universitaria e impulsaron la creación del Colegio de la Orden.

De esa generación fue Mario Gómez López.

Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, lo seguimos a la distancia en sus audaces reportajes a la provincia blanca de Aysén, en 1963, cuando no ocultaba sus justos temores en medio de una tormenta de viento y nieve, a bordo del crujiente avión de Ernesto Hein. Supimos de su angustia por llegar a tiempo a Jerusalén para cubrir la visita del Papa Paulo VI a los Lugares Santos, en enero de 1964. Conocimos sus descripciones del territorio chileno, su gente y sus sueños mientras cubría la “Marcha de la Patria Joven”, hace hoy 50 años.

El joven Mario tenía 23 años cuando inició su carrera en el diario “Las Noticias Gráficas”, desde donde su pluma lo llevaría a “La Tercera”, “La Gaceta”, “La Libertad”, “Puro Chile” y otros medios impresos. Fue en la década de los 60 cuando alcanzó sus mayores logros desde los micrófonos de Radio Minería, con sus reportajes para “El Correo de Minería”, sus “Crónicas de un Reportero” y sus “Entrevistas en Primer Plano con Mario Gómez López y su Grabadora”. Esa grabadora -una caja metálica de siete kilos a la que Mario llamaba “Maletín de Gásfiter”- a veces jugaba malas pasadas. Así ocurrió cuando entrevistó al Presidente colombiano Guillermo León Valencia. Al llegar a su hotel para enviar por teléfono la entrevista a su radio, comprobó que la máquina… no había grabado ni una sílaba… Era otra de las facetas del reportero Gómez López: su permanente buen humor.

Tras el golpe militar de 1973 partió a Argentina, primera escala de un exilio que lo trasladaría a Cuba, México y Rusia. Fue en México, donde al dolor del exilio se sumó la muerte de su primera esposa, con la que tuvo tres hijos, uno de los cuales también partió en forma prematura, en plena juventud. De regreso en Chile, en 1983, encontró el amor de Margarita Bastías, periodista como él, que le entregó la dicha de las dos hijas que tuvieron: Mariángel y Bea. Otra faceta de Mario, el romántico, enamorado de la dulzura femenina.

Pero también era un enamorado de la libertad, porque para él más que un derecho la libertad era un sentimiento. Por eso buscaba la verdad más allá de la noticia y consideraba, como Quintin Reynolds, que “sólo las estrellas son neutrales”, porque no tienen hombre ni padecen injusticias.

Casi al borde de los 60 años, volvió a convertirse en un joven reportero cuando sobrevino el terremoto de San Antonio, la tarde de ese domingo 3 de marzo de 1985. Con su grabadora se trasladó al puerto, al lugar de los hechos, y a pesar de que Chile vivía bajo la dictadura, informó a través de “Radio Chilena” sobre la devastación y el abandono que sufrían los pescadores, reclamó por la tardanza de la ayuda y no dudó en revelar la incapacidad de los militares para restablecer la normalidad.

Con ese mismo espíritu libertario incursionó en la televisión. Su última tribuna fue Megavisión, pero renunció cuando sus entrevistas fueron censuradas en 1992, el mismo en que el Colegio de Periodistas lo distinguió con el Premio Luis Hernández Parker. Nueve años después, en su libro “Testimonios”, se define como un hijo del tiempo en que vivió. Y escribe:

Uno se siente hijo del tiempo que le tocó vivir y de lo que ha aprendido y aprende, gracias a ese don maravilloso que es la conversación. En el tiempo largo de la vida, ésta transformó mi oficio de reportear cosas en observar lo que pasa a nuestro alrededor mirando, caminando, arriba de un microbús, en el metro o en cualquier parte”.

Era por cierto un gran conversador, ameno, simpático, culto. Con infinitas anécdotas en la que se fundían la risa y la emoción. Más de una vez se le quebró la voz cuando desde una cátedra universitaria les hablaba a los jóvenes como si fuera sus hijos y les pedía que se enamoraran. Que se enamoraran del Periodismo.

Enamórense –les decía-, porque es necesario enamorarse del Periodismo para poder ejercer plenamente esta profesión. Si uno no se enamora de verdad, no hay posibilidad en este tiempo de ser un periodista como antes”.