Algunas enseñanzas de los últimos quince años

Columnista invitado: Profesor Gustavo Canihuante Toro
Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica.
Es autor de varios libros, el último de los cuales es “Enseñar historia en el Siglo XXI”.

La llamada crisis asiática de 1997 demostró los efectos negativos de la creciente velocidad de las innovaciones tecnológicas que, al dejar fuera de uso los bienes físicos de capital, lleva a valorar las acciones representativas de capital financiero según la subjetividad y precariedad de las expectativas.

El derrumbe, en 2001, de las altas torres de Nueva York por fanáticos del Islam ha llevado a reemplazar en el lenguaje capitalista a los comunistas por los terroristas islámicos que tienen hegemonía cultural en los países del medio oriente poseedores de petróleo explotado por los capitalistas.

La crisis originada en el 2008 en USA por la alta morosidad de los deudores hipotecarios y el brusco descenso en la valorización de las garantías hipotecarias demostró una de las grandes debilidades del modelo dominante en angloamérica basado en el consumo y el endeudamiento, crisis proyectada a los países que siguen el mismo modelo, incluido el nuestro.

A ello se agrega la actual crisis europea y de USA y Japón, en la cual es inevitable observar que la competencia en un esquema de pleno libertinaje para los grandes capitales lleva inevitablemente a una concentración del poder en aquellos polos nacionales que se han impuesto en el plano industrial, ya sea por liderar los avances tecnológicos, como Alemania, o por disponer de mano de obra de alta productividad y dispuesta a trabajar en altos niveles de producción y con salarios de sobrevivencia básica en un mundo industrializado, como China.

En quince años se han venido tres hechos demostrativo que el capitalismo limita consigo mismo y pierde dinamismo cuando logra consolidar a una minoría de corporaciones mundiales altamente poderosas amenazada por una creciente mayoría de masas marginales en el mundo y en los países. Sin que aún se vislumbre la forma de superar tan inquietante situación.

No sólo el sistema capitalista ha llegado al siglo XXI visiblemente cansado. Tenemos la impresión que la llamada cultura occidental da también claras señales de agotamiento y cambios. No sólo por la pérdida de fe en las verdades religiosas (especialmente cristianas) derivada de la Ilustración burguesa sino en toda la constelación de consignas y palabras con que logró reemplazarlas. Los grandes universales abstractos que movilizaron a los sectores más conscientes y cambiaron las estructuras nacionales han perdido ahora todo sentido si no se aplican a particulares concretos que le den vida real. Tan hermosas palabras como vida, verdad, libertad, igualdad, calidad, etc. carecen de sentido si no aclaramos de qué tipo de vida, verdades, libertades, igualdades y calidades estamos hablando.

Han empezado también a desvanecerse algunas falsas separaciones y oposiciones que tan estériles conflictos originaron en el pasado reciente. Es el caso de la antiquísima oposición de individuo y sociedad que se proyecta a la actualidad como privado y público y más concretamente como persona y estado. Cuando los griegos definieron al ser humano como un zoon politikón o animal político estaban distinguiendo en cada ser humano dos dimensiones diferentes pero no opuestas sino como constituyentes de la persona: la individual y la social, la primera reafirma su individualidad y la segunda su característica esencialmente social, ya sea en micro grupos como la familia y macro grupos que lo vinculan a todos los que siguen las mismas normas y tienen problemas e intereses comunes. Corolario de esta aclaración es que negarse a votar no implica dejar de ser político sino aceptar las normas y obligaciones actualmente vigentes.

Relacionada con la anterior falsa oposición está la también la más antigua entre egoísmo y altruismo, especialmente si se identifica al último con el bien y al primero con el mal. Si bien es cierto que diversos factores llevan a que en algunas personas prevalezcan tendencias a privilegiar la dimensión individual a la social en otras haya una correcta ponderación que proyecta el amor desde el individuo y su familia hasta la sociedad global, a la cual llega algo debilitado hasta convertirse en un necesario respeto.

Frente a esta crisis cultural, o si se quiere filosófica, los hechos son más indicativos al menos de las formas con se podrán masificar las nuevas constelaciones de pilares sobre los cuales las nuevas generaciones podrán asentar las visiones que tengan de si mismas, de los grupos que forman y de los avances y problemas con que podrán ir construyendo sus vidas.

Si miramos con mayor atención la propia historia veremos que, con el riesgo de ser acusados de abiertamente reformistas, la forma más real de ser revolucionarios será ir rectificando en cada sistema, económico, cultural o político, los mecanismos o aspectos más perversos y que es necesario remediar para lograr la mejor salud del conjunto.

Por de pronto debemos olvidarnos de nuevas constelaciones de consignas que conviertan los debates y movilizaciones juveniles en borracheras de palabras y expectativas de un poder político, que no es político ni es poder. Los jóvenes de ahora y, al parecer con mayor razón los que vienen, no tienen tiempo disponible para atender a maestros como yo pude hacerlo leyendo o escuchando a quienes nos enseñaron las humanidades.

Será inútil intentar nuevas dialécticas de sordos. Tal vez sean necesarios esfuerzos grupales que utilicen las artes, visuales y musicales, para transmitir los mensajes positivos y en las relaciones interpersonales sea necesario volver a la mayéutica socrática que lograba que los mismos afectados lograran extraer convicciones y decisiones de sus propias alegrías y penurias.