Salvador Allende en la memoria

Columnista invitado: Guillermo Blanco

Se puede haber sido opositor al Presidente Allende -e incluso opositor con vehemencia- y estar dispuesto a conmemorar su centenario. Se pueden mirar los desacuerdos de ayer con la serenidad que hoy va aconchándose en las mentes. Se pueden examinar los hechos y la propia conciencia y concluir que, aun cuando hubo errores, no todos fueron de él, ni mucho menos.

A nadie hace infalible el oponerse, ni la pasión de una época sobrevive a los años. Se puede, se debe, urge pensar en el pasado y también en el futuro. Ayuda a entender y vivir el presente. Es falso dilema el que haya que elegir uno o el otro, si nuestra experiencia está en los tres.

Algunos oportunistas retros acusan: evocar el pasado trae divisiones. Aluden a un lapso enojoso para ellos. Quieren cambiarlo como un terno y vestir una imagen (¿o disfraz?) democrático, a tono con la moda. Sería bueno para el país verlos reflexionar sobre el centenario de Salvador Allende. "Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla", decía Santayana. ¿Habrá quien no desee evitar el retorno a una hora negra del pasado? Muchos, sin embargo, la eluden con un inútil cierre de ojos.

Si se ahondan las divisiones al profundizar, ¿entonces qué? Superficializar -su antónimo- sería frívolo. Lo que ocurrió, ocurrió. Desocurrirlo es imposible. Y hacerse el leso, a la chilena, es no hacer nada.

No sólo se puede homenajear a Allende pese a haber discrepado de él. Es vital que en el homenaje no sólo participen quienes lo recuerdan con admiración y afecto. Los años transcurridos abren puertas más claras a la reflexión. E igual a ese descubrimiento que es privilegio de la inteligencia: "También yo soy capaz de errar". Reconocerlo permite echar raíces a la libertad, la justicia, las rectas relaciones. El homenaje que vale va desde el que uno es al que otro es o fue. No existe un ser perfecto. Tampoco Allende. Pero si sólo fueran recordables hombres o mujeres perfectos, ¿a quién le tocaría?

Ser imperfectos es lo que nos hace humanos.

Allende fue elegido según la ley, aunque su votación bordeó sólo un 30%. Aun así, gobernó como si su mayoría hubiese sido absoluta. Yerro grave: con tan escaso respaldo, emprender cambios revolucionarios. Es parte de la imagen, igual que el Allende tan convencido de su papel histórico, tan predispuesto a la grandeza. De senador, siempre fue un demócrata alto de miras, respetable. Erró a veces: no, no fue perfecto. Su palabra era clara, elocuente, y el socialismo en que creía era una forma de humanismo.

Admirador de la Revolución Cubana, buscó una a la chilena, sin dictadura. Le faltó apoyo para instaurar reformas dentro de la "legalidad burguesa". No podía dejar escapar un solo voto, y el afán de cuidarlos todos dañó a su Gobierno.

Hizo lo posible y más de algo imposible: reforma agraria, estatización de empresas A cada niño, cada día, en cada escuela, lo recibió medio litro de leche; el simple anuncio había sonado increíble. Nacionalizó el cobre con la unanimidad del Congreso. Pero no pudo o no quiso tapar la boca a los exaltados que urgían a "avanzar sin transar", como si la política no fuera el arte de la transacción. Tampoco rebatió a quienes pretendían para sí "el poder total".

Entre sus errores estuvo, sí, el querer conservar a toda su gente, aun a locos, sectarios, o totalitarios. Por convencer a tantos, es probable que se alejaran quizá cuántos cohibidos. Ya antes de morir, las sucesivas crisis comenzaron a crear una situación trágica. El país lo dejó solo. Amigos y adversarios acabaron negándose a transar, entre ellos y con él. Transar era signo de debilidad, y Chile corría a la deriva hacia la fuerza bruta.

Ofrecerle hoy un homenaje a Allende no implica necesariamente "revivir divisiones del pasado". Puede ser una forma leal de superarlas. Negarle, en cambio, el derecho a la memoria ¿no es respirar el aire polarizado de ese tiempo, resucitar la cerrazón que llevó a Chile al peor desastre de su historia? "El odio nada engendra", dijo Emilio Castelar. Si el rencor porfía por tantos años, los cultores del odio deberían pensar en intentar, por una vez, la generosidad.

Publicado en La Nación. Miércoles 16 de julio de 2008

Volver al Índice