El cascabel, el gato y el premier

Columnista invitada: Eliana Rozas
Decana de Comunicaciones
Universidad Central

La frase pronunciada en 2008 por el entonces líder de la oposición David Cameron debe estar costándole cara al ahora primer ministro: “No tenemos planes de cambiar la autorregulación. Creo que la Comisión de Quejas de la Prensa está consolidada y el sistema está funcionando mejor. Pero eso no significa que no haya una creciente necesidad de asegurarse de que la prensa actúe responsablemente”.

El recuerdo de sus palabras no resultaría tan incómodo si no fuera porque, para tratar de hacerles el quite a las esquirlas del escándalo del News of the World, Cameron apareció poniéndole una lápida al sistema de autorregulación, al que acusó de haber estado “totalmente ausente” en el vergonzoso caso de las escuchas telefónicas propiciadas por el tabloide. Pero, sobre todo, la frase no contrastaría con su cara compungida, si no fuera porque él mismo contrató a Andy Coulson, ex director del NoW, para hacerse cargo de las comunicaciones del Partido Conservador y luego del gobierno. Y lo hizo a sabiendas de que en 2007 Coulson debió abandonar el dominical porque uno de sus periodistas fue condenado a presidio por las interceptaciones telefónicas.

Nadie está dispuesto -al menos en público- a defender semejantes intromisiones en las comunicaciones privadas. Ese es el lado obvio del caso del ya extinto News of the World; lo verdaderamente inquietante son las profusas relaciones entre los que detentan poder y la prensa. No se trata sólo de los vínculos del primer ministro con Coulson, sino también de la amistad que lo unía con la pelirroja Rebekah Brooks, la renunciada ejecutiva de la filial británica del grupo Murdoch (su ascendente carrera dentro de la compañía sugiere que lejos de desconocer estos procedimientos, el empresario los premiaba). En la hebra de la madeja han tropezado, además, el jefe de Scotland Yard y el propio Rupert Murdoch, que se ha valido de algunos de sus medios para ejercer una dudosa, pero indubitable, influencia en la política británica.

Lo que el caso evidencia no son los riesgos de la uniformidad ideológica que habitualmente se asocian a la concentración mediática. De hecho, Murdoch no ha tenido inconveniente para poner bajo su mismo paraguas a periódicos tan disímiles -en estilo, prestigio y honestidad- como The Times, The Wall Street Journal, The Sun y NoW. El peligro no es, como pensaba la sociología de las comunicaciones de comienzos del siglo XX, lo que los medios pueden hacerles a las audiencias (bala mágica mediante), sino lo que son capaces de hacer a espaldas de ellas, sobre todo si es con la ayuda solícita del poder.

Y cuando eso ocurre, la concentración sí importa. Porque, ¿de qué sirve un organismo de autorregulación cuando la prensa se congrega en las manos de quien está dispuesto a ensuciarse las manos? Y, de otro lado, ¿sería útil un sistema de control si aquel que pudiera ejercerlo se viera tentado a asociarse con aquellos que debe controlar (no vaya a ser que, al unísono, unas cuantas primeras páginas le causen una pesadilla)? No es azaroso que haya sido un diario de la competencia el único que perseveró en colgarle el cascabel al gato: The Guardian. Pocas veces un nombre resultó tan bien puesto.