Piñera: espectáculo caro, vacío y a destiempo

Columnista invitado: Patricia Politzer
Publicado en El Mostrador

Inesperadamente, la noticia política del martes 21 no fue la proclamación de Sebastián Piñera –que en realidad no era proclamación– sino la probable candidatura de Beatriz Sánchez, una de las periodistas más respetadas y creíbles del país.

Pero, más allá del “robo de cámara” de la Bea Sánchez –como la llaman cariñosamente–, la fiesta de Piñera tuvo una severa desproporción tanto en el fondo como en la forma.

Formalmente, comenzó con un secreto incomprensible sobre el lugar de la ceremonia. Salvo el temor excesivo a posibles contramanifestaciones, dicho secretismo no tiene justificación. Finalmente, el acto se llevó a cabo en la Quinta Normal, utilizando como telón de fondo el Museo de Historia Natural para crear una cuidadosa puesta en escena, con el candidato rodeado por los asistentes –rigurosamente registrados– y proyectando la imagen de cercanía, con una iluminación cálida y potente con numerosas cámaras para captar la imagen de Piñera desde todos los ángulos, incluyendo la visión cenital.

Se trataba de producir una señal oficial para los canales de televisión. Sin duda, un tremendo despliegue, un show de alto costo. El problema es que el espectáculo no fue transmitido por ningún canal de televisión masiva, que a esa hora siguieron con su programación habitual. Solo fue emitido íntegramente por un canal de cable –CNN– y un par de minutos en los noticiarios de televisión abierta. Rentó más en las fotografías esplendorosas y muy bien seleccionadas en la prensa escrita y los sitios de Internet. Con seguridad, la inversión seguirá dando frutos en imágenes que alimentarán la campaña durante los próximos meses.

El eslogan de la “Buena Onda”, con su serpenteo tricolor sobre la “ñ” de Piñera, no parece haber prendido. Quizás, porque la buena onda conlleva una actitud de simpatía, comprensión y benevolencia con el otro, muy lejos del tono utilizado en su primera intervención como candidato en acción. En efecto, sus referencias al Gobierno fueron golpes duros y despiadados, como de hecho corresponde a una competencia político-electoral que pretende derrotar a la coalición gobernante. Lo que no calza es el lema benigno y dulzón.

Tampoco el momento parece haber sido el adecuado para tanta puesta en escena. Lo cierto es que, por ahora, y tal como reconoció en la misma universidad, es solo candidato del PRI. Celebró y dio el vamos a la campaña antes de ser proclamado por los dos grandes partidos de la derecha. ¿No habría sido más adecuado mostrar su disposición a ser candidato en una conferencia de prensa o, incluso, en una reunión privada con la directiva de los partidos que quieren apoyarlo? La lógica indica que la gran fiesta debe hacerse cuando los hechos lo ameritan.

En cuanto al fondo, su intervención no ameritó titulares. Sin anuncios relevantes, fue un discurso marcado por frases prearmadas, que posiblemente volverán a repetirse como le gusta al ex Presidente: “Tengan paciencia, si ya en noviembre vamos a tener un nuevo Gobierno”, “quitarles los patines a los jóvenes ha significado arrebatarles parte de su futuro”, “hay que desterrar la cultura del ‘cada día puede ser peor’”, “respetaré los derechos de todos y también exigiré los deberes de todos”.

No despejó la gran incógnita de cómo convivirá con sus negocios y su rol presidencial. Reiteró una vez más que cumplirá la ley e irá incluso más allá, pero nada concreto frente a un tema que ha destrozado a la clase política en los últimos años.

La solución está a la mano, es solo cuestión de voluntad. Piñera y su entorno insisten en que su fortuna es tan suculenta que no necesita seguir ganando más. Entonces, el camino es fácil: vender sus activos e invertir en bonos del tesoro. La rentabilidad es muy baja –probablemente menos del dos por ciento real anual– pero, si de lo que se trata es de separar la política de los negocios –y no de incrementar el capital–, no hay razón para desechar esta fórmula. Son apenas cuatro años. Sin embargo, quienes lo conocen íntimamente sostienen que esta idea choca con el ser profundo del candidato, caracterizado por un impulso ganador y temerario en todas las áreas de la vida.

Al día siguiente, en un diálogo realizado en la Universidad Adolfo Ibáñez, no solo mostró su desagrado al ser consultado sobre este tema, sino que dejó entrever su decisión de ir pecho al frente, al sostener que todos tienen conflictos de interés y que los peligrosos no son quienes tienen grandes fortunas como él, sino aquellas “personas que quieren tener alto patrimonio”.

Tampoco el momento parece haber sido el adecuado para tanta puesta en escena. Lo cierto es que, por ahora, y tal como reconoció en la misma universidad, es solo candidato del PRI. Celebró y dio el vamos a la campaña antes de ser proclamado por los dos grandes partidos de la derecha. ¿No habría sido más adecuado mostrar su disposición a ser candidato en una conferencia de prensa o, incluso, en una reunión privada con la directiva de los partidos que quieren apoyarlo? La lógica indica que la gran fiesta debe hacerse cuando los hechos lo ameritan.

Más allá de lo ocurrido el martes, Sebastián Piñera ya está en la cancha. Si bien las encuestas señalan que tiene en el bolsillo a ese tercio grande –entre el 35 y el 40 por ciento– que históricamente ha votado por la derecha, la carrera será dura. Desde el retorno a la democracia, nunca una elección fue tan incierta. Nunca antes una campaña estuvo tan centrada en el debate ideológico. La irrupción de Beatriz Sánchez puede ser mucho más que un fantasma para la centroizquierda. El potencial de cada competidor aún está por verse.