REPORTAJE

Padre Alfonso Baeza: El hombre que habita en la memoria.

Columnista invitada: Rebeca Araya Basualto

REPORTAJE: En la Catedral Metropolitana fue despedido quien fuera el primer vicario de la Pastoral Obrera. Presentamos algunas impresiones sobre su legado.

Al mediodía del sábado 7 de diciembre, la Plaza de Armas lucía llena de colores y familias. Vallas papales rodeaban las entradas a la iglesia Catedral de Santiago y cerca de su entrada principal, un pequeño grupo de mujeres, hombres y un niño sostenían rústicos carteles manuscritos, alusivos al quehacer de Monseñor Alfonso Baeza, fallecido a los 82 años, cuyos ritos fúnebres se celebrarían en el templo. El sol golpeaba fuerte mientras quienes acudían a la misa pasaban frente a ellos.

-¿No los dejan entrar a la iglesia con sus carteles? Preguntamos a un carabinero.

-“Quieren estar afuera. Dicen que así nadie entrará a la iglesia sin saber qué hizo y pensó el curita que velan desde ayer. Quieren que los periodistas no olviden decir todo lo que él dejó”, responde el uniformado.

A un extremo del grupo, una mujer sostiene un cartel celeste que dice:

“A través de su sacerdocio se comprometió con:
  • Los trabajadores de la Vicaría Pastoral Obrera (1977-2000).
  • Los pobladores, viviendo en la José María Caro, Lo Espejo.
  • Los presos políticos y comunes en Mujer Levántate y Confrapreco (Confraternidad de Familiares y Amigos de Presos Comunes).
  • Las trabajadoras sexuales en la Fundación Margen.
  • Diversas ONG’s que protegían los derechos de los más vulnerables, como Mundo Solidario.
  • Movimientos apostólicos como JOC, MOAC y MOANI.
  • Los migrantes”.

Al otro extremo del grupo, un niño serio y solemne levanta un cartel verde con la foto del padre Baeza que dice: “Muchas gracias querido Alfonso”. Flanquean el texto dos siglas: JOC (Juventud Obrera Católica) y MOANI (Movimiento Apostólico de Adolescentes y Niños).

Avanza la hora y cruzan las puertas de la Catedral líderes políticos; periodistas apresurados; trabajadores que parecen venir desde sus faenas; artistas; maduros dirigentes sociales, familias y un flujo interminable de jóvenes y adultos. La misa fúnebre está por comenzar.

MARIA

La nave central del templo se ve atestada, pero aún es posible circular por las laterales. Junto a la pila de agua bendita, una mujer mayor, vestida de riguroso luto, saca de su cartera una botella plástica y recoge agua. Mientras atornilla la tapa, lágrimas que no intenta contener resbalan por su rostro.

¿Ud. conoció al padre Baeza? preguntamos.

Se limpia los ojos y mira la cámara fotográfica.

- “¿Es periodista Ud.?” , pregunta con desconfianza.”No me tome fotos. Soy de las putas de don Alfonso y no quiero que me vean los nietos en el diario. Tampoco le voy a decir mi nombre”.

-De acuerdo, sin fotos, sin nombre. ¿Es de la Fundación Margen?

-“Allí me ayudaron mucho, pero yo era amiga de él. Me conoció cuando era joven y estaba en el ambiente. Me recibía en la iglesia, bautizó a mis hijos y me ayudó a dejar el trago y la calle. Armó mi familia y ponía en línea a mi hijo mayor, que ahora trabaja en el norte y me llamó especialmente para que viniera a la misa y le lleve agua bendita a su niña, porque no alcanzó a traerla para que se la bautizara. Mis hijas están más adelante, con los nietos mayores”. Llora sin aspavientos y reflexiona: “El Alfonso ya estaba viejito. Le dolían sus rodillas y el año pasado estuvo muy mal, hospitalizado. Se nos desarmó la familia sin él… bueno…no –sonríe entre lágrimas- si me escucha decir esto me reta. Era enojón el cura. Nos armó la vida y me tuvo paciencia como nadie. Yo era bien rebelde, bien salvaje cuando me conoció. Ponga que me llamo María. Él decía que todas las mujeres somos María y que si Cristo quiso a la Magdalena, sus razones tendría”.

Y se pierde entre la muchedumbre. Los altoparlantes anuncian que la misa está por comenzar.

GUARDIA DE HONOR

Llegamos hasta el altar y en torno al féretro del sacerdote, hacen guardia de honor hombres y mujeres del MOAC (Movimiento Obrero de Acción Católica) y jóvenes de la Pastoral Juvenil. En primera fila, solitaria y conmovida distinguimos a Ángela Jeria, madre de la candidata Michelle Bachelet. En las filas posteriores se confunden Ignacio Walker, presidente de la DC, Jorge Insulza del PC, el diputado Tucapel Jiménez, dirigentes vecinales, María, sus hijas y nietos todos mezclados, sin protocolo ni formalidades. En la catedral atestada todos se igualan en la serena tristeza de la despedida. Durante la homilía, Monseñor Ezzati dijo que el padre Baeza fue modesto, evitó cuando pudo los primeros planos y cedió muchas veces a otros sus propios méritos. “Tal vez por eso –afirmó- se fue en silencio y de madrugada”. Lo cierto es que su funeral fue un resumen de todos los chiles posibles, unidos en torno a un hombre que vivió su fe y dejó “mucho trabajo adelantado, que no se puede perder”, según nos dijo alguien en el abarrotado templo, mezclando la tristeza del adiós con la preocupación por los días que se avecinan cargados de su ausencia.

LAS PALABRAS QUE DECIMOS EN LA ORACIÓN

El padre Baeza, quien fuera ingeniero civil egresado de la UC, dudó de su vocación sacerdotal, como cuenta en su última entrevista, publicada por la Iglesia de Santiago, pero se rindió e ingresó al seminario en 1954 “porque era demasiado claro que el Señor quería que yo fuera cura”, señaló. Ordenado en 1960, jamás rehuyó la confrontación con el poder, ni durante la dictadura militar, ni representando a los gobiernos democráticos que la siguieron las situaciones que estimó injustas.

Sonado fue su desencuentro con el ministro del interior Andrés Chadwick en 2011, cuando señaló a la prensa que el denominado “caso bombas” era un montaje, como finalmente refrendaron los tribunales.

Aceptando la petición del Capellán de Gendarmería, visitó en Punta Peuco a los detenidos por violaciones a los derechos Humanos: “(…) me costó harto. –contó- Fui, no sólo una vez, sino varias. La primera fue más o menos bruscota, porque estaba todo el tema de los degollados, y discutimos fuerte”, pero en sucesivos encuentros supo escucharlos y hacerse oír porque “Si uno quiere ser coherente con la fe –afirmó- tiene que hacerlo. ¿Cómo rezas el Padre Nuestro y dices: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden?(…). No nos damos cuenta a veces de las palabras que decimos en la oración”, señaló en entrevista al periódico Cambio 21.

“ME DECIA LA BELLA DURMIENTE”

Una de las asistentes montó guardia junto al ataúd y la vimos, ataviada con la cotona roja de la Vicaría Pastoral Juvenil, multiplicarse en mil tareas organizativas durante el sepelio. Pasada la batahola que acompañó la salida del ataúd rumbo al cementerio, la encontramos fuera de la Catedral. Lloraba apoyada en una valla papal mientras miraba alejarse el cortejo:

“El padre Alfonso fue el cura de mi familia, me bautizó, era el de las primeras comuniones y los matrimonios Nos acompañaba en las penas, nos hacía reír, nos hablaba de Dios y no se enojaba cuando yo me quedaba dormida. Le daba risa y me decía “la bella durmiente”. No discriminaba a nadie. Con él daban ganas de ser mejor persona”.

Myriam Verdugo, Periodista, viuda de Manuel Bustos
“UN CURA GRANDE”

Alfonso Baeza fue parte de mi vida y la vida de mi familia. Fue el cura obrero que acompañó al movimiento sindical en los duros tiempos de la dictadura militar como Vicario de Pastoral Obrera y, por lo tanto, un apoyo relevante en el trabajo político sindical que llevó adelante el compañero de mi vida, Manuel Bustos. Así lo conocí, como el vicario que apoyaba, que brindaba espacios de reunión, como un amigo que supo de nuestras vidas y entregó orientación.

Siempre dijo que admiraba la valentía de dirigentes de esa generación formada por verdaderos héroes de la recuperación de la democracia. El padre Baeza también fue un valiente, que se atrevió a ser un sacerdote militante de la causa social y de los trabajadores. Fue, en lo personal, el cura lindo que bautizó a mis hijos, que colaboró con Manuel cuando ya enfermo necesitó de palabras que le ayudaran a entender y asumir su dolor. Despidió a mi hijo, me acogió y me dijo las palabras claves para poder seguir viviendo con tantos dolores en el alma.

¿Por qué iba a sus misas? porque eran un gusto sus homilías siempre contingentes, siempre atentas al devenir, siempre consecuentes. También porque estaban los niños y jóvenes que se preparan para su comunión o confirmación en un lugar privilegiado, las primeras bancas eran para ellos y para los inmigrantes que encontraron en su iglesia un lugar de respeto y acogida.

Roberto Celedón, abogado
“FUE UN CONSTRUCTOR DE CONSENSOS”

“Lo conocí en los ’70 en el Movimiento de los Cristianos por el Socialismo. Fue un testigo fiel de la iglesia del Concilio Vaticano II, que optó por los pobres y lucho por la democracia. Si su rol fue importante en dictadura a través del Comité pro Paz, La formación de la Vicaría de la Solidaridad y la Pastoral Obrera, también lo fue en democracia, cuando hizo entender a todos los sectores políticos que aquellos jóvenes que optaron por la vía armada al luchar contra una tiranía cruel, también tenían derecho a recuperar sus vidas. Él logró construir consensos necesarios para liberarlos”

Juan Somavía, ex director de la OIT
“PUDE SENTIR EL AMOR QUE DESPERTABA EN EL MUNDO SINDICAL”

“Lo conocí en los ’80, lo vi defender líderes sindicales, usar su capacidad organizadora enorme para ayudar a reconstruir el movimiento de los trabajadores y la CUT. Estuve con él hace un mes y medio en un evento de la CUT en el cual lo homenajearon junto a Andrés Aylwin. Fue como una despedida prematura, en que pude sentir el amor y el respeto que ellos despiertan hoy en el mundo sindical. No hubo tiempo de conversar el punto, pero leí sus críticas al actual modelo sindical y la necesidad de mejorar las condiciones de la negociación colectiva. Había en Alfonso Baeza algo profundamente humano, una capacidad de cercanía y compromiso que siempre admiré”.

Juan Cuevas, Dirigente del MOAC:
“HACÍA LO QUE DECÍA Y VIVÍA COMO UNO MÁS DE NOSOTROS”

“Conocí al padre Alfonso en la Juventud Obrera Católica (JOC) y después en el MOAC. Nosotros lo respetábamos y lo seguíamos porque él hacía lo que decía y vivía como uno más de nosotros. El decía que la iglesia debía volver a comprometerse con los trabajadores y eso nos hizo mucho sentido. La iglesia no es solo jerarquía, decía él, son todos los que trabajamos cotidianamente en parroquias, capillas y nos enseño que es nuestra tarea, como laicos, llevarla al compromiso social. Cuando despidió al padre Pierre Dubois, esa homilía quedó muy grabada. En esas palabras está muy claro lo que el quería y creía para los que somos el pueblo cristiano”.

Publicado en Sindical.cl