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Más allá de la extorsión del modelo

El pasado 3 de noviembre, un grupo de colegas, amigos y familiares se reunió en el histórico café Torres en la Alameda, para celebrar junto a Abraham Santibáñez su Premio Nacional de Periodismo.

En la ocasión hizo el saludo inicial el periodista Ascanio Cavallo. El siguiente es el texto con que Santibáñez agradeció esta muestra de cariño y aprovechó para hacer un análisis crítico de la situación de Chile tras un cuarto de siglo de recuperación de la democracia y, en especial, del periodismo actual.

Amigos, queridos y respetados amigos.

Hoy hemos venido a celebrar. Se los agradezco muy sinceramente.

Sobre todo porque vivimos tiempos en que no parece que haya mucho motivo de alegría y celebración. Lo mismo ocurre con el periodismo.

No siempre fue tan pobre la opinión generalizada acerca de nuestra profesión. Durante décadas, hasta el golpe militar de 1973, nuestro periodismo se destacó por su alto nivel de excelencia..

Como escribió hace unos años el periodista norteamericano Ken Dermota, “leyendo números antiguos de los medios impresos que se opusieron a la dictadura, me convencí de que los chilenos no eran para nada inactivos cuando se trataba de hacer periodismo. Esas publicaciones estaban repletas de asombrosas investigaciones, historias con background revelador y estructuras poderosas, escritas con la agilidad que no podemos encontrar en el periodismo de hoy”,

En la actualidad, quince años después del paso de Dermota por nuestro país, el balance no es tan lapidario: hay investigación, hay pautas propias, hay periodismo hecho con entusiasmo… pero solo en algunos medios y por algunos periodistas, muchos de los cuales están aquí. Pero, al mismo tiempo, la opinión generalizada es muy negativa. A los profesionales de la comunicación se nos ha calificado de “infidentes”, de “muñecos” de ventrílocuo y de ejercer un oficio desbordante de malignidad.

¿Perdimos el rumbo?

No era eso lo que querían los viejos periodistas que lucharon por la dignidad del periodismo y se esforzaron porque, casi simultáneamente, se creara el colegio de periodistas y se abriera espacio en las universidades a la enseñanza del periodismo.

Como parte de una de las primeras generaciones universitarias, creo que el esfuerzo partió bien. Muy bien. Pero en el más de medio siglo siguiente perdimos el rumbo. Primero fue la polarización previa al golpe militar. Después, en los años de la dictadura, sufrimos las mayores y más duras restricciones de nuestra historia. Y, en democracia, en vez de la vigorosa recuperación que esperábamos, descubrimos un nuevo enemigo: el “modelo”.

Aunque sea apartarse del jovial espíritu de esta reunión entre amigos, siento que debo expresar lo profundamente heridos que nos sentimos los chilenos y en especial los periodistas en estos días.

Empezaré con un recuerdo.

En 1980, después del “plebiscito”, Claudio Orrego Vicuña, buen amigo nuestro, irrumpió indignado en la redacción de la revista Hoy: “Me siento, dijo, como deben sentirse las mujeres cuando han sido violadas”.

El precio del modelo

Hoy día son muchos los chilenos que compartimos esa sensación. Después de un cuarto de siglo de democracia, hemos descubierto que los defensores a ultranza del modelo nos han violado sistemáticamente. Es imposible calcular los excesos que hemos debido pagar en todas las facetas de nuestra existencia, desde el sobreprecio de los pollos a los remedios y el papel higiénico.

En todo este tiempo, se nos dijo que el modelo, defendido celosamente por los empresarios y numerosos políticos e incluso dirigentes sociales, debía cuidarse.

El argumento es que se trata del resultado de la profunda y supuestamente innovadora revolución económica que nos dejó en herencia el régimen militar. Era y para muchos sigue siendo, intocable, garantía de mejores condiciones de vida para todos los chilenos y que, en definitiva, le debemos respeto porque es el mejor seguro para la mantención de la democracia.

Había que cuidar el modelo aunque ello implicara tener que sufrir en silencio sus eventuales imperfecciones.

Pero no eran pequeños detalles.

Ahora sabemos que el modelo instalado en los altares de la sociedad de consumo, está profundamente corroído. Quienes nos pedían que lo cuidáramos, lo estaban matando desde dentro. Me refiero a los dueños del gran capital: la papelera, las empresas avícolas, los productores de cerdos, los depredadores del medio ambiente, las cadenas farmacéuticas, Penta, Soquimich, la Polar… y no sabemos cuántos más.

El daño al periodismo

Lo más grave fue que con sus ganancias ilícitas compraron el favor de políticos que necesitaban dinero para sus campañas y vendieron su alma y su voto a la hora de legislar.

No solo eso.

Con el pretexto de que había que proteger el modelo, las grandes empresas no quisieron correr riesgos con la opinión pública y se negaron a financiar con publicidad a los medios que no les eran incondicionales. Adicionalmente, en una alianza que debe dolernos a todos, sumaron a sus intereses económicos la defensa de la moral y las buenas costumbres… aunque no les importaban las malas costumbres de algunos de sus guías espirituales.

Hay quienes, de buena fe y mucha ingenuidad, creímos que valía la pena mantener el modelo aunque nos decepcionara.

Nos animaba, por lo menos en mi caso, el convencimiento de que los controles y la supervisión de la autoridad, evitarían los excesos del “capitalismo salvaje”, expresión que últimamente ha rescatado el papa Francisco.

Ingenuos o no, voluntariamente o no, muchos periodistas hemos ayudado en gran medida a mantener esta situación. Pero es evidente que no somos los culpables principales.

No lo somos, aunque en nuestro papel de informadores y de amplificadores de las noticias y los comentarios, hayamos contribuido a perpetuar una situación que recién ahora estamos empezando a percibir en toda su trágica magnitud.

Muy queridos amigos. Lamento profundamente haber compartido con ustedes estas sombrías reflexiones. Como dije al comienzo, debería ser un momento de jolgorio y estoy seguro que todos ustedes sienten conmigo la alegría de este premio que, por supuesto, no es mío sino de todos quienes hemos hecho periodismo en democracia e hicimos periodismo en dictadura.

Pienso en quienes arriesgaron su tranquilidad, la tranquilidad de sus familias, la libertad y, por cierto, la vida.

Muchos de ellos están retirados o enfermos y no pocos se quedaron para siempre en el exilio o ya murieron, a veces en condiciones muy precarias.

No los olvidemos. No dejemos que el modelo nos aplaste a todos como lo ha hecho en estos años.

Pero, también, después de este desahogo, permítanme una voz de aliento. No nos amarguemos. Dejemos de lado el pesimismo. Hay mucho que cambiar, Hay mucho que podemos hacer.

Las esperanzas de Guillermo Blanco

Tal vez, como conclusión, lo más adecuado sea recordar lo que una vez escribió Guillermo Blanco:

Ser periodista es ser testigo activo de la vida. Ser capaz de mirarla y oírla con ojos y oídos siempre nuevos. Percibir, en los rostros y voces de otra gente, la expresión de su angustia, su amor o su esperanza.

Acercarse con respeto al dolor, a la alegría, al entusiasmo o al silencio.

Ser periodista no solo es ser testigo que presencia sucesos y procesos: es, además, reflexionar sobre ellos, analizar, traducir la realidad en palabra e imagen.

Palabra fresca, viva, leal a la verdad, e imagen clara, fiel, sin distorsiones.

Ser periodista es ser testigo de la vida desde dentro de la vida.

Es emplear los medios de la técnica y la ciencia para compartir, entre todos, lo que aportan el esfuerzo, la imaginación, la inteligencia, la generosidad o la emoción.

Es ayudar a hacer comunidad con la diversidad que se comparte.

Ser periodista es saber que el presente es historia que vivimos y construimos entre todos, y ayudar a que la hagamos más lúcida y mejor.

A. S.
3 de Noviembre de 2015