El cáncer del idioma

 

Un “garabato”, conforme la octava acepción del diccionario de la Real Academia Española, es una “palabrota”. En otras palabras: un “dicho ofensivo, indecente o grosero”. El Manal de Estilo de El País prefiere hablar de “palabras malsonantes”. Más cercano a nuestra realidad, el Diccionario del Uso del Español en Chile (Duech), lo incluye sin equívocos: Garabato es una “grosería, expresión considerada poco decente e irrespetuosa”.

Cualquiera sea el diccionario que se consulte, es un hecho que el “garabato” dominó los debates de los primeros días de Festival de Viña del Mar. Hubo “garabatos” en el repertorio de todos los humoristas. El resultado fue desigual: aunque todos serán revisados por el Consejo Nacional de TV, tres fueron premiados por el rating (Rey Ting, lo llamaba Guillermo Blanco) mientras que el tercero, Ruddy Rey, debió soportar estoicamente una larga pifiadera. La sorpresa fue Gigi Martin, ex integrante del dúo Melón y Melame.

El asunto saltó más allá de las fronteras cuando el gobierno de Bolivia anunció su protesta por algunos chistes considerados “racistas”. "Los bolivianos también ahora quieren salida al mar, deberíamos darles mar para que sepan lo que es un tsunami", rió Hugo Silva, uno de los integrantes de "Los locos del humor". También deberían protestar los parientes de las víctimas del maremoto. ¿O es, acaso, la tragedia del 27-F un tema para chistes? ¿O que el Pinochet de caricatura niegue cualquier responsabilidad en la desaparición del muñeco Melame?

En la discusión asomaron dos bandos: los que aseguran que el “garabato” es parte integral de nuestra idiosincrasia y los que estiman que es un cáncer del idioma. Los primeros lo aceptan todo. Los segundos creemos que hay que reaccionar, entre otras cosas porque por esta vía pone en peligro la enorme riqueza del castellano. Nuestra amplia gama de palabras y expresiones hace posible una buena comunicación. Justamente lo contrario ocurre cuando todo se reduce a algunos al uso elemental del “huevón” y sus derivados, sin ningún matiz.

En charlas en colegios de Santiago, como miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua, he subrayado este punto con un ejercicio de imaginación. ¿Qué pasaría si algunos poemas tradicionales los “tradujéramos” al idioma que se hace habitual entre nosotros?

Ejemplos:

Neruda escribió: “Me gustas cuando callas”. ¿Cómo se diría en el neo-habla en uso? ¿“Cierra el hocico, huevona”?

¿Cómo sonaría “él pasó con otra” de Gabriela Mistral? ¿El huevón anda hueveando con otra huevona?

Se podría pensar que el irreverente antipoeta Nicanor Parra soportaría mejor este juego. Francamente, no: “Estoy viejo, no sé que me pasa” no es lo mismo que “soy un viejo huevón que no tengo idea de qué chuchas me pasa”.

Si lo anterior no resulta claro, veamos lo imposible que sería –por lo menos para mí- someter a esta prueba los delicados versos de Max Jara.

Ojitos de pena, /carita de luna,/ lloraba la niña/ sin causa ninguna”.

Ni modo, como dicen los mexicanos.

A. S.
Febrero de 2014
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas