Noticias falsas

La mentira, definida como una falsedad deliberada, es tan antigua como la humanidad. Nunca, sin embargo, tuvo tanta difusión como en tiempos de Internet, en que es fácil llegar en segundos a todo el planeta y casi nadie hace verificaciones.

Esta ambivalencia ha servido para que el Presidente norteamericano Donald Trump, enemigo declarado de quienes acusa de ser difusores de noticias falsas, haya convertido sus propias mentiras y verdades a medias en un estilo de gobierno.

El resultado, claro, está por verse. Inquieta, sobre todo, porque pone en riesgo el trabajo periodístico serio.

Fake news” ha habido siempre. Normalmente se multiplican en tiempos de guerra y violencia. En el pasado, el protagonista más famoso fue el caballo de Troya. Aunque no se ha demostrado su autenticidad, fue ensalzado por Homero como la “máquina engañosa que el divino Odiseo llevó a la acrópolis, después de llenarla con los guerreros que arruinaron a Troya”.

En tiempos más cercanos, acusaciones de que los judíos envenenaban el agua para propagar epidemias o que brujos y brujas celebraban pactos con el demonio, fueron frecuentes y, sobre todo, creídas.

En el siglo pasado, en Mi Lucha, Adolf Hitler preconizó la importancia de la propaganda como la forma de exponer y, finalmente imponer, la ideología nazi. Goebbels fue encargado de generar una nueva cultura para los alemanes. Y lo hizo de manera genial aprovechando el medio de comunicación más poderoso de su tiempo: la radio.

Más tarde, nada, ni siquiera la TV, ha sido tan eficiente como Internet y las redes sociales en la tarea de confundir al público. Ahora no se trata de imponer un determinado régimen político, sino por el contrario, generar desconfianza frente a todo: las iglesias, los partidos políticos, las ideologías y las personas. Ello no requiere de un “cerebro” con una ideología determinada: basta la repetición de conceptos demoledores del prestigio y los intereses de todos, empezando por los líderes de opinión. Lo peor es que las grandes mayorías no se interesan en poner en duda lo que reciben.

Aquí reside el peligro de las obsesiones del mayor demoledor de nuestro tiempo y el más poderoso de todos: Donald Trump. Mientras el periodismo, a lo largo de la historia se ha esforzado por mostrar realidades ocultas, a los antiperiodistas de la actualidad les basta con repetir consignas y dar por cierto lo que no está probado. En todo el mundo se ha hecho cada vez más difícil la tarea de gobernar y mantener el orden público. Al dejar de lado cualquier consideración ética, los opinólogos de la era internet han generado una amenazante reacción: la tendencia a imponer todo tipo de restricciones legales. Se empieza con multas por sumas elevadas, que ya se han anunciado en Europa y otras partes del mundo. Luego podrían ser penas civiles o corporales.

Por esta vía, los errores -siempre posibles en el trabajo informativo- podrían tener un costo tan alto que la libertad de información, tan valorada hoy por los usuarios de Internet, se vaya restrinjendo cada vez más.

Al presidente Trump le molesta que le echen en cara sus mentiras, pero, por su afán de impedir que se conozcan, puede lograr que nos quedemos sin información alguna. Es el campo propicio para los populismos y los totalitarismos.

A. S.
22 de Febrero de 2018
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas