Editorial:

Otro año en medio de cataclismos y temporales

Santiago, 27 de Marzo de 2011

Con una ingenua mezcla de esperanza y alivio, los chilenos cruzamos el umbral de 2011 con la idea de que, terminado el trágico 2010, todo iba a ser mejor. Ahora que estamos terminando el primer trimestre de este año, cabe preguntarse ¿por qué el simple paso de una hoja del calendario a otra habría de mejorar (o empeorar) las cosas?

No hemos tenido, en 2011 un estremecimiento brutal de la tierra como el del 27 de febrero de 2010. Tampoco tenemos certezas de que no habrá ocurrir: sólo indicios estadísticos en los cuales pocos confían. En materia política, dado que este no es año de elecciones, no se prevén movimientos apocalípticos.

Pero no está siendo un año propicio a la modorra.

Hay, por lo menos, dos acontecimientos que quitan el sueño a muchos.

Uno, es la acusación constitucional contra la Intendenta de Concepción.

Es una situación muy incómoda para el gobierno, pero se resolverá pronto. Es significativo que un militante del PPD, el abogado Ciro Colombara, se haya hecho cargo de la defensa de la militante UDI. Ello explica la seriedad con la que, al final de cuestas, se ha tomado el asunto. No faltarán –no han faltado- los fuegos artificiales en este asunto. Pero es evidente que el gobierno, que tardó tanto en instalarse, todavía no logra estabilizarse, pese a que ya no le queda mucho tiempo y sus precandidatos se multiplican con una intensidad que ningún gobierno querría.

Hay que tomar nota que, entre estas tensiones, ni siquiera el más notable espectáculo de estos tres meses –la visita del Presidente Obama- dejó una huella perdurable pese al denodado esfuerzo para sacarle dividendos.

Dos, el caso Karadima.

Es evidente que no se trata de una situación que afecte exclusivamente a la Iglesia Católica o a las víctimas. Se ha convertido en un tema nacional por muchas razones. Una de las más importantes, sin duda, es el drama intelectual y emocional de un connotado grupo de fieles de alto nivel económico que desde los tiempos del Cardenal Silva Henríquez ha estado a la defensiva. Son feligreses que únicamente se sentían a buen resguardo en la misa dominical de El Bosque y similares.

Jamás tuvieron una sospecha, menos una duda. Sentían que el padre Karadima, pese a no ser de los “suyos” por apellido o condición social, interpretaba correctamente el mensaje evangélico. Construyeron un mundo a su medida en “la cota mil” y creían que solo era necesario esperar la llegada de tiempos mejores, sin tanta insistencia en temas como el “sueldo ético familiar” o la “opción preferencial por los pobres” o la responsabilidad del Estado en materias sociales.

Pero Karadima, como antes Marcel Maciel y como un número insospechado de religiosos pervertidos en todo el mundo, hicieron pedazos este sueño reconfortante de una Iglesia a la medida.

Lo grave del asunto, como sabemos ahora, es que, entre muchas otras razones, estos sectores, con su influencia, debilitaron y fueron retrasando toda reacción.

El propio Cardenal Errázuriz lo dijo en una entrevista:

—Yo he dicho que lamento realmente no haber creído en esa denuncia cuando se presentó y tampoco haber creído en la denuncia anterior. La primera que se presentó era muy difícil de creer, porque tenía una fama el padre Karadima de hombre bueno, de hombre santo, de hombre espiritual, que cuando llega una denuncia uno no la cree. Eso es cierto y lo he lamentado y así lo he expresado. Ahora, el tema de las culpas y no culpas se lo dejo al mismo Señor. El es el que nos juzga a nosotros.

En la vorágine de los últimos días, después que una de las víctimas de Karadima lo tratara de “criminal”, los fuegos se han concentrado en el Cardenal Errázuriz. Parece que se hubieran abierto las compuertas y se rivalizara en ver quién es más duro, más hiriente. Los seguidores de Karadima han optado por seguir callados. Al parecer no creen que su deber, ahora, es ayudar ahora a los pastores que antes menospreciaron o se negaron a seguir.

Recordemos que también hay otras ovejas “que no son de este rebaño”, que han atizado la hoguera.

La verdad es que este es un proceso doloroso, nunca bien tratado en la Iglesia Católica, ni aquí ni en el mundo, y lo único que sabemos con certeza, es que aparecerán más víctimas y descubriremos nuevos dolores.

El espectáculo recién empieza.

Abraham Santibáñez