Editorial:

Apenas en el comienzo…

Santiago, 18 de Diciembre de 2017

El inobjetable triunfo de Sebastián Piñera marca un punto de inflexión en la historia chilena. Lo que no se puede anticipar tras el cierre de las urnas, es cómo reaccionarán los sectores que se enfrentaron el domingo y la sociedad chilena en su conjunto

La manera más simple es limitar el análisis de la derrota a la creencia de que hubo errores de manejo, que en el caso de Alejandro Guillier no se eligió al mejor candidato y que en último término la responsable sería la Presidenta Bachelet, por exceso o por insuficiencia.

En medio del alborozo, es difícil que alguien en la derecha sienta que es necesario y urgente hacer un estudio parecido. Pero también es necesario.

La alta votación se explica en gran medida por una solapada campaña del terror. Aunque el candidato no los suscribió, hubo partidarios suyos que difundieron videos y opiniones sobre un destino fatal de nuestro país en vías de convertirse en Chilezuela. El efecto se apreció públicamente en la noche misma de la elección con el grito en la calle: “Nos salvamos, gracias a Dios”.

Piñera es el último líder de la derecha. Y aunque no le faltaron contratiempos, se convirtió en su figura más destacada. El problema, ahora, es buscar -y encontrar- quien lo reemplace en las próximas batallas electorales.

Puede ser que todos los sectores crean preferible no hacer una reflexión más profunda. Es más cómodo cuando hay otras urgencias más apremiantes. Pero es indispensable si se piensa en el futuro.

Carlos Peña ha sido sin duda el más duro, aunque no el único en plantear este desafío de fondo.

En su concepto no siempre se tiene debidamente en cuenta el gran cambio:

La sociedad chilena -vale la pena repetirlo- cambió muy radicalmente como consecuencia del gigantesco cambio en las condiciones materiales de la existencia que, gracias a la modernización que la Concertación condujo, las mayorías históricamente excluidas experimentaron. Allí donde había clases consolidadas y estables, hoy hay grupos medios con preferencias más o menos volátiles; donde existían identidades colectivas, hoy hay alta individuación y una identidad electiva; donde existía el apetito de igualdad, hoy existe un anhelo de desigualdades merecidas; donde se abrazaban ideales colectivos que dibujaban el futuro, hoy existe la pasión por el consumo; y donde se pensó que existía un malestar que fracturaba a la sociedad chilena exigiendo un cambio de rumbo hacia el futuro, había el desasosiego que acompaña siempre, según la literatura lo pone de manifiesto, a los procesos de modernización”.

Es la tesis de su reciente libro “Lo que sí el dinero puede comprar” y, aunque se pueda discrepar de la facilidad con que deja fuera del debate valores como la solidaridad, arrasada por el individualismo, hace un buen retrato de Chile actual. Igualmente es discutible su afirmación de que es el fruto de las modernizaciones de la Concertación. Es, sobre todo, a mi modo de ver el producto del modelo impuesto en dictadura por los Chicago Boys.

Para muchos este grande y profundo cambio es una realidad difícil de admitir. Pero debe estar en la base de cualquier análisis.

Los primeros obligados a esta revisión profunda son los integrantes de la variopinta coalición que apoyó a Alejandro Guillier.

Nunca lograron mostrar un frente verdaderamente integrado. Su lealtad con el candidato fue feble en muchos casos. La débil ventaja de Guillier sobre Beatriz Sánchez en la primera vuelta no generó un impulso mágico para el balotaje.

El Frente Amplio nunca bajó sus banderas y es seguro que sus dirigentes creen que van a crecer en la oposición a Piñera. Pero eso no es automático ya que requiere un trabajo deliberado, profundo y sistemático. El suyo fue un discurso a primera vista atractivo, pero sin fundamentos sólidos y sobre todo muy añejo.

La Democracia Cristiana, por su parte, debe hacer frente a una situación inédita e imprevisible. En 1965 creció hasta convertirse en una fuerza pujante que le permitió soñar que se iniciaba en Chile una larga etapa en el poder. No fue así. La tensa coyuntura internacional (la Guerra Fría) frustró entonces ese proyecto y la dictadura de Pinochet terminó por darle un golpe mortal como partido. Solo el liderazgo de Aylwin le permitió mantener su vigencia tras el retorno de la democracia. Pero pronto empezó a mostrar sus insuficiencias.

La elección presidencial de este año puede ponerle la lápida definitiva al proyecto de los entusiastas jóvenes falangistas de la primera mitad del siglo pasado. Hoy no basta con recuperar las banderas del socialcristianismo. Igual como cambió la Iglesia Católica a partir de los años 50, los demócrata cristianos deben aprender a enfrentar un mundo laico, en el cual es necesario redefinir valores, aprender a moverse sin perder la coherencia en la sociedad de consumo y en el nuevo mundo de las comunicaciones.

No será fácil.

El mismo desafío enfrenta el resto de los partidos de la Nueva Mayoría. Deben empezar por resolver cómo quieren mirar el futuro. Tras la derrota nadie puede evadir el desafío de rearmarse.

Para las fuerzas que apoyaron a Piñera tampoco será tarea fácil definir el futuro, más allá del alborozo de estos días. Les gustara o no, Piñera les ahorró por años el trabajo de buscar un líder. Ahora deberán encontrarlo y los interesados son muchos y con fuertes contradicciones.

Pero, obviamente, la primera y más difícil tarea de la Derecha es zanjar el reparto de cargos. Y aunque son muchos los puestos por repartir, también son muchos los interesados.

Abraham Santibáñez