Editorial:

Y ahora ¿qué?

Santiago, 19 de Noviembre de 2017

Si se considera la ferocidad de la campaña electoral –puntapiés, zancadillas, acusaciones cruzadas, gestos y dichos ofensivos- parece difícil de entender que la verdadera competencia partiera solamente en la noche misma del domingo 19. La lucha por la segunda vuelta será en definitiva “la madre de todas las batallas”.

Esa es la única certeza. Tal como se vio a medida que avanzaba el recuento, todo es posible y no se puede anticipar quien será el ganador en diciembre. El cálculo más efectista es, por cierto, el sumar los votos de uno y otro sector. En la derecha a Sebastián

Piñera habría que sumar los sufragios de Juan Antonio Kast. En un amplio arco de izquierda, se agregaría a la votación de Alejandro Guillier la que obtuvieron los otros candidatos, desde Beatriz Sánchez a Alejandro Navarro, pasando por Carolina Goic, Marco Enríquez-Ominami y Eduardo Artés.

Esa simple suma garantizaría el triunfo del senador por Antofagasta. Pero es un cálculo irreal, precisamente por la forma en que se dio la disputa en primera vuelta y cómo se originaron las candidaturas. Incluso el apoyo de Kast, que él mismo ya había anunciado, no implica que toda su votación sea traspasable. No cabe duda que buena parte de sus votantes optarán por Piñera como el consabido “mal menor”. Pero, para muchos chilenos, su postura extremista se lee como un intento de barrer bajo la alfombra los crímenes de la dictadura.

En la vereda opuesta, ya se sabe que no habrá un endoso total. Incluso Enríquez-Ominami, quien declaró hace tiempo que daría su apoyo a Guillier, sabe que no basta con su firma como si fuera un cheque. Y del resto solo el tiempo lo dirá.

No es la única lección de lo ocurrido.

La abstención sigue siendo alta y, pese al entusiasmo de algunos sectores juveniles, sigue siendo una amenaza para la democracia.

Es por eso que, lo más importante de esta elección será cómo reaccione la “clase política”. Está claro que la baja calidad de la campaña solo sirvió para alejar votantes. El desprestigio de los partidos políticos no parece ser un buen camino. Lo demuestra dolorosamente la campaña de la candidata demócrata-cristiana: su esfuerzo por reivindicar mejores estándares éticos se estrelló contra la defensa a cualquier precio de los intereses de muchos candidatos de sus propias filas.

La DC queda, después de la elección parlamentaria, enfrentada a un dilema vital: o recupera el impulso de sus fundadores o se resigna a una declinación acelerada, parecida a la que sufrió en su momento la DC italiana. El peso político de la senadora Goic será crucial en los meses y años venideros.

Algo parecido habría que decir respecto del papel del ex presidente Ricardo Lagos, empujado por la borda cuando iniciaba una campaña. Pese a su ascendiente moral innegable su influencia interna no está asegurada.

Y, si de “errores no forzados” como se dice en el tenis se trata, se ha hablado poco del proceso interno de la UDI. En la celebración nocturna en el comando de Piñera, las caras largas por no superar el 40 por ciento, se distendieron ante una realidad evidente: aunque el candidato no ganó en primera vuelta como había pronosticado algunos entusiastas, obtuvo de todos modos un éxito importante. Pero en la UDI, que pretendía convertirse en el eje del nuevo gobierno, ello no parece posible. Después de todo, los procesos y acusaciones por corrupción, no merecen el premio de los electores, por “momios” que sean.

Habrá que ver como sale su presidenta de esta coyuntura.

Abraham Santibáñez