Editorial:

Sepultureros de la política

Santiago, 17 de Septiembre de 2017

Aunque no ha sido desahuciada definitivamente, hay buenas razones para creer que la Nueva Mayoría entró en la etapa final de su existencia.

Para algunos ilusos, es una tragedia. Para otros, en cambio, es una señal positiva: Chile necesita dejar de lado cualquier ambigüedad y proyectarse hacia el futuro con coaliciones y partidos políticos fuertes pero, sobre todo, con claridad de ideas y propósitos. Lo contrario es querer galopar sobe una quimera.

Por un período, sobre todo después de su proclamación como candidata de la Democracia Cristiana, se ha atribuido la responsabilidad de los males de la NM a Carolina Goic y a su partido. Es una forma fácil de eludir responsabilidades.

La Nueva Mayoría fue una construcción teórica de quienes querían hacer tabla rasa de lo realizado en democracia tras el final de la dictadura. Su mejor representación es la metáfora de la “retroexcavadora”. Los síntomas de esta desafortunada “enfermedad infantil” de la izquierda se tradujeron una inmerecida caída de popularidad de la Presidente Bachelet y un aprovechamiento de la Derecha, personificada hoy en la candidatura de Sebastián Piñera. El candidato de Chile Vamos -el actual traje a la medida de la Derecha- ha vuelto a aplicar en política su forma de actuar en el mundo de los negocios. Es la misma filosofía sin escrúpulos de Donald Trump. Si hubiera alguna duda, basta recordar el episodio de los oficios de acción de Gracias a Dios por el 18 de septiembre. Al Te Deum evangélico, el candidato derechista acudió sin vacilación, seguro de ser bien recibido. En cambio se restó del Te Deum católico -supuestamente su fe confesa- sin una razón valedera. Es una cuestión de oportunismo no disimulado.

La campaña electoral ha generado no pocas confusiones. Ninguna más evidente, sin embargo, que la actitud del Partido Comunista, verdadero responsable de lo que se avizora como un triste final de la NM.

Víctima del sistema binominal impuesto por la dictadura y secundado con entusiasmo por la Derecha, el PC reclamó con razón su derecho a acceder al Congreso. Pero, una vez que se le abrió la puerta mediante acuerdos cupulares, quiso más y así se integró la Nueva Mayoría. Lo hizo a medias, ufanándose de que tenía un pie en La Moneda y otro en la calle. Tratando de servir a dos señores, ha extremado sus exigencias. Lo ha hecho en el gobierno actual y también en el futuro, eventualmente presidido por Alejandro Guillier. No es casual que cuando se nombró una vocera comunista, su candidatura se haya estancado.

Lo peor ha venido ahora.

El diputado Hugo Gutiérrez, de memorable actuación en la Vicaría de la Solidaridad, ha dejado en evidencia el rostro menos amable del PC. Su iniciativa de abrir los archivos de la Comisión Valech no solo es un agravio para quienes contaron sus historias de vejaciones y torturas -siempre terribles- a condición de que se respetara su anonimato. Es una maniobra cuyo blanco principal es la coalición de gobierno representada en este caso por el ex presidente Ricardo Lagos. Se le acusa de haber montado una maquinaria para garantizar la impunidad para los culpables. Lo grave es que no se trata de un gesto personal sino que cuenta con el respaldo de su partido, el Comunista.

Puede ser la última paletada en la tumba de la Nueva Mayoría, una coalición artificial, que nunca tuvo la grandeza de la Concertación.

Abraham Santibáñez