Editorial:

La verdad en el periodismo

Santiago, 23 de Julio de 2017

La revista El Sábado de El Mercurio acaba de dejar en evidencia lo que se está convirtiendo en una falta ética frecuente en algunos medios: el ningún interés por la verificación de la información que se entrega al público. El reportaje sobre Pablo Oporto, “El justiciero imaginario”, cuyas hazañas -incluyendo la muerte de doce delincuentes, según proclamaba- fueron recogidas sin reservas, es una notable contribución al buen periodismo.

Merece sin embargo un comentario adicional. Ya la candidata Beatriz Sánchez, interpelada en la TV sobre la base de su relato falso por el propio “justiciero”, ha reclamado por lo ocurrido. Pero ¿lograremos saber cuántos casos similares más hay? El comentarista Carlos Peña, rector de la UDP, casa que alberga una prestigiosa Escuela de Periodismo, ha sostenido reiteradamente, por lo menos desde el Caso Spiniak, que los periodistas no tenemos la obligación de verificar la verdad de nuestras afirmaciones. El peligroso resultado es evidente, en muchas situaciones graves -el supuesto economista Rafael Garay, convertido en gurú mediático, por ejemplo- se convierte en paladines sociales a quienes no lo merecen.

Garay y las estafas piramidales; Oporto y la justicia por la propia mano; Gemita Bueno y sus acusaciones sin fundamento, nos hablan de una necesidad urgente: recuperar en plenitud la ética del trabajo periodística.

Cabe precisar, para evitar malos entendidos, que los periodistas no son infalibles y que por lo tanto pueden cometer errores. Lo imperdonable es que incurran en ellos por comodidad o por negligencia.

Ese rigor era lo que buscaban -autoridades y periodistas- que en el siglo pasado se esforzaron por la creación de la carrera de periodismo a nivel universitario.

Ellos hablaban de dignificar la profesión. Es un empeño que todavía muestra serias falencias.

Abraham Santibáñez