Editorial:

Un momento de reflexión

Santiago, 25 de Junio de 2017

El 11 de marzo próximo, Chile tendrá un nuevo Presidente o Presidenta. Lo normal es que para entonces hayan quedado atrás las “penas y pesares” de la campaña. En esa fecha deberían ser solo un mal recuerdo algunos episodios desafortunados como el chiste de Sebastián Piñera en Linares, la alusión de Alejandro Guillier a un romance (suponemos político) con la candidata Carolina Goic o la confusión de Manuel José Ossandón respecto del Acuerdo de París.

Esperemos, que al comenzar su período presidencial, quienquiera que sea el triunfador, preferirá mirar hacia el futuro, hacia los cuatro breves años de su mandato, antes que ponerse a cobrar cuentas, supuestas o reales del pasado. En Estados Unidos, los muchos errores conceptuales y comunicacionales de Donald Trump han puesto en evidencia lo nefasta que puede ser la herencia de una mala campaña. Confiemos en que no sea el caso en nuestro país.

¿Pero, vale la pena tender un manto de piadoso silencio y olvido sobre lo que estamos viviendo actualmente?

No se puede dejar de lado el viejo dicho: “Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”.

En esta campaña irrumpió una generación que cree que tiene que inventarlo todo porque quienes los antecedieron lo hicieron todo mal (o “no entendieron nada”, como asegura Alberto Mayol). Su ignorancia de cómo vivimos durante la dictadura, del peligro real que corrieron miles de chilenos, del coraje de quienes no se amedrentaron, del sufrimiento de los que lo perdieron todo, incluso la esperanza, es preocupante.

El impacto de esta visión incompleta de la realidad se agrava debido a las tecnologías comunicacionales que permiten opinar sin fundamento, entregar datos incompletos o saltarse los filtros sociales.

El próximo año, bajo un nuevo gobierno, cualquiera sea su sello, los chilenos deberíamos empeñarnos en un proceso colectivo de revisión de dogmatismos que han generado, adicionalmente, una masa violenta, que reacciona con furia irracional ante todo lo que considera una provocación. Los automovilistas se enojan porque las calles están bloqueadas; los ciclistas se sienten acosados por los automovilistas, sin pensar que lo mismo creen los peatones de ellos. Los pasajeros del transantiago alegan que, como el servicio es malo, tienen derecho a no pagar pasaje. Los escolares, que protestan por la mala calidad de la enseñanza o las deficiencias estructurales de los colegios, los ocupan y los destruyen deliberadamente.

Y hay más ejemplos.

El país no resiste más. Nos hemos convertido en un imán para inmigrantes, pero los recibimos de mala manera: compañeros de trabajo, alimentados por una propaganda de odio, son capaces de apuñalarlos, mientras hay propietarios que los hacinan en indignas viviendas.

Deberíamos aprender de sus esperanzas y su ejemplo de sacrificio. Un grupo de haitianos que en los últimos días vibró con los partidos de la selección nacional de fútbol, nos ha dado un emocionante ejemplo. Y no es un caso aislado.

Ojalá no lo olvidemos.

Abraham Santibáñez