Editorial:

Los malos argumentos de los violadores de los derechos humanos

Santiago, 21 de Mayo de 2017

La permanente campaña de los parientes y simpatizantes de los condenados por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, replantea una y otra vez la avanzada edad de la mayoría de los condenados como una situación injusta que viola sus propios derechos humanos.

No cabe duda de que hay condenados ancianos y enfermos. Hay que recordar, sin embargo, un hecho fundamental: están tras las rejas después de un debido proceso, el mismo derecho que negaron sistemáticamente a sus víctimas. Se sabe, además, que tienen excelente atención médica y, como ha trascendido ahora, gozan de pensiones de retiro muy superiores al promedio de los chilenos. Ello gracias a que los uniformados fueron eximidos de la obligación de integrarse al desafortunado sistema de pensiones creado por José Piñera Echenique.

Nada de esto, sin embargo, es tan grave y se ha destacado tan poco como los reiterados subterfugios utilizados por un largo período por los violadores de los derechos humanos para evadir cualquier responsabilidad.

Durante un largo período se refugiaron en la amnistía decretada por la dictadura. De este modo, mientras pasaban los años, no fueron llevados siquiera a los tribunales de justicia. Después, cuando finalmente debieron enfrentarlos, hicieron uso y abuso de todos los recursos que les proporcionaba el sistema. El maestro fue, sin duda, Manuel Contreras Sepúlveda, el Mamo, uno de los mayores responsables de los crímenes. Debe recordarse que después de haber eludido largamente la justicia, amenazó resistirse por la fuerza en su fundo en la Décima Región.

Contreras el máximo exponente de quienes porfiadamente no han reconocido nada, nunca perdió la altanería. Lo prueba el registro grabado en que afirma que el gendarme que lo custodiaba en Punta Peuco estaba a su servicio “para llevarle el bastón”.

Fue, sin duda, el portaestandarte de la impúdica soberbia. Pero no ha sido el único. Cuando finalmente, llegaron a la cárcel, no vacilaron en alegar en su descargo los años transcurridos, sin reconocer que eran años en que gozaron de libertad gracias a su negativa a ser enjuiciados y a las artimañas de sus abogados.

Desde el punto de vista humano es cierto que hay situaciones dolorosas. Ninguna, sin embargo, se equipara con las torturas y los dolores que infligieron a sus víctimas y a sus familias.

Conviene tenerlo en cuenta.

Abraham Santibáñez