Editorial:

El límite de las convicciones

Santiago, 18 de Diciembre de 2016

La posmodernidad (1) se presenta como un plato apetecible, pero de difícil digestión. Lo estamos viendo los chilenos en estos días, luego del bochornoso episodio de la muñeca inflable de Roberto Fantuzzi.

Quien concibió la idea de este original regalo -un comité, se dijo luego, pero bajo la influencia cierta de Fantuzzi- lo encontró acertada. La economía, dicen, necesita ser reactivada. De ahí la torpe comparación con una mujer.

El tema, sin embargo, es más complejo. Su mayor demostración, como se ha comentado, apunta a la lamentable reacción inicial de los testigos y protagonistas del “regalo” en la cena de Asexma. Sus risotadas no se condicen con las explicaciones que se dieron más tarde, cuando ya el país entero había expresado su molestia.

Es que, durante largo tiempo, la lucha por la diversidad, la comprensión de otros valores, la crisis de los dogmas, se ha entendido simplemente como que no hay valores en la sociedad. El clásico tango “Cambalache” (2) lo resumió crudamente en su momento: “Que el mundo fue y será una porquería”. Sobre esta convicción, son muchos los comentaristas que en nuestro tiempo aborrecen de cualquier valor.

En una reveladora síntesis de esta postura “liberal”, a comienzos de este año, Matías Rivas, director de publicaciones de la UDP, fustigó al periodista Daniel Matamala por erigirse en implacable crítico en los casos de corrupción. El blanco no era solo el periodista de CNN:

Sin duda, la indignación está justificada por escándalos políticos y empresariales que nos hacen pensar que estamos rodeados de felones”, escribió Rivas en La Tercera. “El problema no es lo que acusan; lo indigesto es el rol de funcionarios del bien que se arrogan. Son inspectores sociales autodesignados que llaman a las autoridades a acometer sus tareas; y son fiscales y jueces de las causas que ellos eligen llevar adelante”.

No tienen ningún interés en conflicto, son cristalinos, diáfanos, sin muertos en sus closets. Son los nuevos acólitos de un periodismo de tono pontificante en el que brillan las inflexiones de voz y escasean las ideas y la compasión. Curiosa forma de entender el periodismo la de estos titanes. Yo, ingenuamente, creía que esta profesión era una labor donde los escrúpulos, la duda y las medias tintas estaban presentes, sobre todo después del trauma de la dictadura”.

Nada más extraño a la ética, a la filosofía, que la moralina. Es un acto reflejo disimulado con las armas de la retórica, o simplemente es un grito en el cielo de espanto tan exagerado como irracional que sirve para condenar a diestra y siniestra en base a prejuicios o ideas sin espurio del resentimiento o de la envidia pura. La moralina es rabia convertida en sermones sobre la verdad, el bien y el mal”.

La respuesta del periodista Matamala fue igualmente ácida:

Matías Rivas escribe una columna contra la moralina, que exuda moralina por sus cuatro costados. Desde su púlpito moral me acusa a mí y a otros periodistas de "estupidez", "arrogancia", "fulgor mesiánico", "inquina" y "ridículo", para luego criticar nuestro supuesto "tono pontificante" ante los últimos escándalos. ¿Quién está pontificando aquí?

En este debate no solo Rivas milita entre los “antimoralina”. Es quizás, el más prominente, pero no es el único que hace gala de su abierto rechazo de algunos valores compartidos, sólidamente arraigados entre nosotros. Es su derecho. Pero ello no impide que haya quienes pensamos distinto. Pero hay que reconocer que, hasta cierto punto, el grupo que representa Rivas ha tenido éxito en su prédica. Cada vez son menos los que públicamente expresan su rechazo cuando se sienten agraviados.

Es el concepto del “respeto humano”, desarrollado principalmente, pero no exclusivamente, por sectores católicos. Lo resume en la revista uruguaya Fe y Razón el diácono Jorge Novoa:

El respeto humano supone un exceso de preocupación por el juicio de los demás sobre nosotros, nuestras decisiones y opciones, tenemos la necesidad de ser reconocidos y admirados por lo que hacemos o decimos. O la incapacidad, de la que hacemos gala, para asumir nuestras decisiones delante de los demás. Esta actitud se parece a una máquina que, una vez alimentada, vuelve a su cultor en prisionero, y permanentemente lo hace vivir de cara al "que dirán"”.

En esta perspectiva, aunque a uno no le guste un chiste o un regalo grotesco porque hiere sus convicciones morales, aplaudirlo parece ser lo “correcto”, sobre todo si uno es un personaje público o un precandidato presidencial.

Abraham Santibáñez

NOTAS

1
f. Movimiento artístico y cultural de fines del siglo XX, caracterizado por su oposición al racionalismo y por su culto predominante de las formas, el individualismo y la falta de compromiso social. (Real Academia Española)
2
Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor/ Ignorante sabio o chorro/ generoso o estafador/ Todo es igual/ nada es mejor/ lo mismo un burro/ que un gran profesor”.