Editorial:

Lecciones del caso Garay

Santiago, 20 de Noviembre de 2016

Carcomida por la incertidumbre, la detención de Rafael Garay en Rumania, plantea sin embargo una dura realidad. Nuestro país ha generado un nuevo producto de exportación: hombres muy distintos entre ellos, pero con algunos rasgos comunes y, sobre todo, la misma arrogancia, la misma audacia y la misma falta de escrúpulos.

Hay un perfil sicológico que comparten Garay, Alberto Chang y Sergio Jadue. Ante quienes los conocieron, desplegaron una convincente imagen de éxito. Garay, no hay que olvidarlo, incluso fue candidato a parlamentario, lanzado a la fama por la facilidad con que estableció contactos periodísticos que le dieron patente de gurú. Chang tuvo menos exposición mediática, pero armó en su favor una cartera de confiados inversionistas. Sergio Jadue se movía en otros círculos, pero pudo vivir una vida de lujo aprendida, no en la universidad sino en la FIFA.

Los tres, que representan los casos más conocidos, se mantuvieron por un tiempo dentro de los márgenes de la ley. Pero, desde el comienzo, violaron normas éticas básicas. Engañar a los posibles inversionistas con la seguridad aparente de sus conocimientos económicos (Garay y Chang) o la cercanía con los dirigentes del fútbol internacional muestra su gran debilidad: la ausencia de respeto por el prójimo.

En el “país del modelo” en que nos instaló la dictadura, ha sido fácil anteponer la codicia y el egoísmo a cualquier consideración de tipo social. La solidaridad era mala palabra bajo el pinochetismo. Es lo que explica el “saqueo” de Chile que denunció la periodista María Olivia Monckeberg. Pero que un cuarto de siglo después de la recuperación democrática todavía se produzcan estos escándalos solo se explica por un profundo relajo moral que chorrea desde la clase dirigente.

Durante meses hemos sido alimentados con noticias de conductas corruptas, desde una empresa que era del Estado (SQM) y que fue privatizada de manera irregular a las concesiones del retiro de la basura. Aunque no es la única razón, es evidente que estos hechos -a los que hay que sumar varios más, incluyendo el “milico-gate”- han minado profundamente las convicciones democráticas de los chilenos, alejándolos de las urnas.

Ninguna generalización, sin embargo, debe hacernos olvidar lo que en este momento es nuestra mayor vergüenza: la facilidad con que, tres chilenos al menos, abusaron de nuestra confianza y, lo peor, hasta ahora parece difícil que sean castigados.

¿Cómo no recordar ahora el lapidario comentario de Cristian Warnken?

Porque un país que solo crece económicamente, y no moral y culturalmente, corre el riesgo de convertirse en el paraíso de los Chang, los Jadue, los Garay. Un país no de "felices y forrados", sino de tristes y estafados”.

Garay, el más descarado de todos, podría llegar a ser un hito ejemplificador. Pero no será fácil.

Abraham Santibáñez