Editorial:

Disparen contra Guillier.

Santiago, 18 de Septiembre de 2016

No se preocupe, Jefe”. La voz de Alejandro Guillier sonaba animosa, como de costumbre. Íbamos a la antigua Penitenciaría de calle Pedro Montt, para empezar a cumplir la reclusión determinada por un juez militar. No sabíamos bien en qué condiciones quedaríamos en las “mazmorras” del régimen. Pero Guillier, redactor político en ese tiempo (1988) de la revista Hoy, de la cual yo era director, no parecía abrumado.

Pasamos unas horas en el pensionado de la Penitenciaría donde otros reclusos nos enseñaron el lugar, nos mostraron las celdas de algunos temibles criminales y nos convidaron almuerzo. En realidad, las “mazmorras”, entonces y ahora, eran lugares poco acogedores, indignas para cualquier ser humano, pero soportables con un poco de resignación y, sobre todo, con la convicción de que ni Guillier, ni Genaro Arriagada ni yo éramos culpables. Los tres estábamos acusados de “sedición impropia”, un delito raro, ya que la sedición solamente la pueden cometer los uniformados que se declaran en rebeldía, pero nosotros no lo éramos. Unicamente habíamos cometido el pecado de informar y comentar la situación interna del Ejército luego de la repentina aparición del capitán Armando Fernández Larios en Estados Unidos.

Una Corte Federal norteamericana lo había juzgado en ausencia por el crimen de Orlando Letelier, excanciller chileno y exembajador en Estados Unidos en 1976. Aconsejado por amigos y con la ayuda de algún personaje cercano a la Embajada norteamericana, Fernández Larios se había acogido al programa de protección de testigos y había salido de Chile sin pasaporte, vía Brasil.

Se desató una intensa conmoción en las FF.AA. Alejandro Guillier reporteó las repercusiones del caso en el Ejército y Genaro Arriagada, quien más tarde, paradojalmente, sería embajador en Washington, fue entrevistado sobre el tema por el director de la revista, o sea yo.

Al final estuvimos poco tiempo en las “mazmorras”. Ese mismo día nos llevaron a Capuchinos, que no era por cierto un hotel de cinco estrellas, pero que daba garantías de seguridad en todo sentido.

A la mañana siguiente, en una micro de gendarmería que quedó en pana de bencina a un par de cuadras, nos trasladaron a la Fiscalía, a pocas cuadras de La Moneda, y ahí se nos notificó que seguíamos procesados, pero que podíamos regresar a nuestros hogares con la obligación de presentarnos a firmar todos los meses.

El más tranquilo era Alejandro Guillier. Más tarde, en democracia, estuvo detenido un período más largo, pero como decía el sabio periodista Octavio Marfán , ese ha sido siempre un gaje de nuestro oficio.

Toda esta historia explica, a mi juicio, por qué Guillier ha tomado con aplomo y entusiasmo, la posibilidad de competir en las próximas presidenciales. Su trabajo como reportero, primero, y luego como prestigioso comentarista, lo habilita plenamente. No creo que le importe que un sibilino comentarista dominical lo haya descalificado por “no destacar por sus ideas, sino por la rigurosa precaución de no expresar ninguna”.

A la espera del desarrollo de los acontecimientos, vale la pena recordar que el juicio en contra nuestra terminó en “agua de borrajas”, Tengo la sensación de que no es fácil demostrar la presunta sedición cometida por un civil, incluso en tiempos de dictadura. Tampoco es demostrable la poco seria afirmación de que carece de ideas, especialmente si se trata -como es el caso de Gullier- de quien llegó ser vicedecano en la Universidad Diego Portales.

Algo de eso debería saber el comentarista Carlos Peña.

Abraham Santibáñez