Editorial:

El penoso cálculo de Gironella

Santiago, 10 de Julio de 2016

Las reacciones ante la decisión de la justicia de procesar al general Juan Emilio Cheyre, ex comandante en jefe del Ejército, ponen de relieve la complejidad de los crímenes cometidos durante la dictadura.

El ex ministro Jaime Ravinet planteó una tesis discutible, pero en la cual creen muchos: que la juventud de militares, como el propio Cheyre en 1973, los excusa de cualquier falta o crimen: “Me parece que hay una actitud de venganza por parte de las víctimas, a quienes compadezco y con quienes solidarizo, pero es imposible culpar a jóvenes de 19, 20 o 21 años en ese entonces, de una acusación de homicidio, cuando obedecían órdenes. Y si no las obedecían eran sujetos a perder la carrera y fusilamiento. Aquí deben responder quienes eran sus generales, comandantes”.

Se ha hecho notar, claro, que los jóvenes -niños, incluso- que protagonizan cotidianamente asaltos y “portonazos”, también deberían ser exculpados por tener apenas “19, 20 0 21 años” … o menos.

La juventud no es, por cierto, un buen argumento.

Si lo es, creo, el peligro que corrían quienes se negaran a cometer crímenes y abusos ordenados por sus superiores. Con razón el ex ministro Ravinet dice que quienes deberían responder “eran sus generales, comandantes”. El problema es que, por décadas, esos responsables han rehuido toda responsabilidad, como fue el caso -aunque no el único- del general Manuel Contreras.

Se sabe que hubo uniformados que se negaron a cumplir órdenes de este tipo. Algunos, conscriptos o suboficiales, fueron castigados, incluso fusilados. Pero fueron una minoría que pone en cuestión, crudamente, la doctrina de la obediencia debida del ejército de la cual no se ha renegado, pese a la grandilocuente proclamación del “nunca más”.

Aunque uno no comparta las livianas afirmaciones de Jaime Ravinet, se puede entender el argumento y por ello para nadie -ni siquiera para la justicia- es fácil enjuiciar a los responsables de las violaciones de los derechos humanos.

Lo explicó muy bien en su momento José María Gironella. El autor de “Un millón de muertos”, parte de la trilogía sobre la guerra civil española, consideró necesario aclarar ña cifra:

La verdad es que las víctimas, los muertos efectivos, los cuerpos muertos, en los frentes y en la retaguardia, sumaron, aproximadamente, quinientos mil. He puesto un millón porque incluyo, entre los muertos, a los homicidas, a todos cuantos, poseídos del odio, mataron su piedad, mataron su propio espíritu”.

Cada responsable de algún abuso o crimen carga (o debería cargar) sobre su conciencia la misma reflexión.

Abraham Santibáñez