Editorial:

La extorsión del “modelo

Santiago, 01 de Noviembre de 2015

En 1980, después del “plebiscito”, el ex diputado Claudio Orrego Vicuña, buen amigo nuestro, irrumpió indignado en la redacción de la revista Hoy: “Me siento, dijo, como deben sentirse las mujeres cuando han sido violadas”.

Hoy día son muchos los chilenos que podemos compartir esa sensación. Después de un cuarto de siglo de democracia, hemos descubierto que los defensores del modelo nos han violado sistemáticamente. Es imposible calcular los excesos que hemos debido pagar en todas las facetas de nuestra existencia, desde el sobreprecio de los pollos a los remedios y el papel higiénico.

En todo este tiempo, se nos dijo que el modelo, defendido celosamente por los empresarios y numerosos políticos e incluso dirigentes sociales, debía cuidarse. El argumento es que se trata del resultado de la profunda y supuestamente innovadora revolución económica que nos dejó en herencia el régimen militar. Era y para muchos sigue siendo, intocable, garantía de mejores condiciones de vida para todos los chilenos y que, en definitiva, le debemos respeto porque es el mejor seguro para la mantención de la democracia.

Había que cuidar el modelo aunque ello implicara tener que sufrir en silencio sus eventuales imperfecciones.

Pero no eran pequeños detalles.

Ahora sabemos que el modelo instalado en los altares de la sociedad de consumo, está profundamente corroído. Quienes nos pedían que lo cuidáramos, lo estaban matando desde dentro. Me refiero a los dueños del gran capital: la papelera, las empresas avícolas, los productores de cerdos, los depredadores del medio ambiente, las cadenas farmacéuticas, Penta, Soquimich, la Polar… y no sabemos cuántos más.

Lo más grave fue que con sus ganancias ilícitas compraron el favor de políticos que necesitaban dinero para sus campañas y vendieron su alma y su voto a la hora de legislar.

No solo eso. Con el pretexto de que había que proteger el modelo, las grandes empresas no quisieron correr riesgos con la opinión pública y se negaron a financiar con publicidad a los medios que no les eran incondicionales. Adicionalmente, en una alianza que debe dolernos a todos, sumaron a sus intereses económicos la defensa de la moral y las buenas costumbres… aunque no les importaban las malas costumbres de algunos de sus guías espirituales.

Hay quienes, de buena fe y mucha ingenuidad, creímos que valía la pena mantener el modelo aunque nos decepcionara. Nos animaba, por lo menos en mi caso, el convencimiento de que los controles y la supervisión de la autoridad, evitarían los excesos del “capitalismo salvaje”, expresión que últimamente ha rescatado el papa Francisco.

Ingenuos o no, voluntariamente o no, los periodistas hemos ayudado en gran medida a mantener esta situación. Pero es evidente que no somos los culpables principales.

No lo somos, aunque en nuestro papel de informadores y de amplificadores de las noticias y los comentarios, hemos contribuido sin duda a perpetuar una situación que recién ahora estamos empezando a percibir en toda su trágica magnitud.

Abraham Santibáñez