Editorial:

Cuando el castellano nos une…

Santiago, 18 de Octubre de 2015

Tres fueron, sin duda, los aspectos más destacados de la reunión con la cual se celebró la semana pasada los 130 años de la Academia Chilena de la Lengua:

  • El fortalecimiento de la relación horizontal entre la Real Academia Española y las otras 21 que conforman la Asociación de Academias de la Lengua Española,
  • El vuelco creciente hacia la cultura de la digitalización sin dejar de lado el mundo del papel impreso.
  • La prevención ante el uso indiscriminado de extranjerismos, especialmente anglicismos.
Fue, por cierto, una muy buena manera de superar el ingrato recuerdo de 2010, cuando Chile debió ser sede del quinto Congreso Internacional de la Lengua Española, suspendido a consecuencias del terremoto del 27-F. Esta vez hubo la misma pompa y la misma circunstancia, un trabajo igualmente intenso y un resultado más que satisfactorio

Respecto de la relación entre academias, nunca se habló de conflicto. Pero es evidente que a lo largo de su historia la Academia Chilena siempre resintió el predominio inicial de la RAE, la Real Academia Española, la madre de todas las academias del mundo hispanohablante.

Probablemente el primer atisbo de rebelión lo protagonizó Andrés Bello. Cuando lo invitaron a unirse a la RAE aceptó de buen grado, pero no vaciló en plantear que no reconocía “otra autoridad en lo tocante a la lengua más que la lengua misma”, Casi cien años más tarde, en 1951, se dio un gran paso en este empeño por equilibrar fuerzas entre uno y otro lado del Atlántico: la creación de la Asale, Asociación de Academias de la Lengua Española.

Ahora se habla de panhispanismo. En esos años, en medio del régimen franquista, el término que se consideraba el más adecuado era “el mundo hispánico”. Hoy, la situación es muy distinta. Darío Villanueva, actual director de la RAE, sostuvo en una entrevista en El Mercurio que se trata de un trabajo conjunto con todas las academias de la Asale, “admitiendo entre todos el policentrismo del español y aplicando en nuestros trabajos una política panhispánica”.

Esta idea, sin duda, marcará los festejos de los 130 años de la academia chilena que se iniciaron en junio de este año y concluirán en 2016. La semana pasada se vivió un momento culminante con la presencia de los directores de la RAE y de las otras 21 academias que existen desde Filipinas al continente americano, incluyendo Estados Unidos y Puerto Rico.

Las lenguas no van fatalmente a ninguna parte, son los seres humanos quienes deciden sus destinos; por eso es importante que las distintas academias las protejan y las orienten”, dijo a la agencia EFE el director de la Academia Chilena de la Lengua, Alfredo Matus Olivier.

Subrayando el punto, la Academia, según se dice en un folleto de presentación de estas celebraciones “ha tenido un muy comprometido papel en la instauración de la nueva política lingüística panhispánica, que implica una relación igualitaria entre todas las academias del mundo hispanohablante, la autonomía de cada una y una colaboración activa entre ellas”.

La forma de relacionarse entre ellas no es por cierto la única preocupación de las academias.

El mundo digital ha sido asimilado con creciente interés, entendiendo que forma parte imprescindible de nuestra realidad. Villanueva subraya la forma cómo ha evolucionado el diccionario cuya edición N° 23 se subió a Internet la semana pasada. “A partir de ahora haremos un diccionario digital del que (posteriormente) haremos libros”.

Respecto del uso de abreviaciones y la fabricación de nuevos términos en las redes sociales, recordó que no es la primera vez que ocurre algo parecido. “Cuando se inventó el telégrafo, se cobra por palabra, entonces la gente prescinde las preposiciones, de los artículos para gastar menos. Bueno, eso no ha deteriorado el idioma porque es algo que se hace en función del circuito en el que se está comunicando”.

Algo parecido ocurre con el uso de términos extranjeros, al que Villanueva llamó “el papanatismo de usar palabras inglesas que son absolutamente innecesarias”.

En Chile se ha agregado, desde hace tiempo, una preocupación por el empobrecimiento del idioma a través del “garabato”. Alfredo Matus se queja: “No sentimos la responsabilidad cultural de hablar bien., con precisión, de referirnos a las cosas con los nombres que les corresponden y no usar esos comodines groseros que a nosotros nos escandalizan: la palabra “huevada” sirve para todo, todo, todo e una huevada, Va creando una indolencia mental, porque no sabemos discriminar los significados. Tenemos un semántica empobrecida, rústica y debilitada, aseguró el director de la Academia Chilena El Mercurio.

Es, hasta cierto punto, lo que justifica el lema de corporación nacional. En vez del riguroso lema de la RAE (“limpia, fija y da esplendor”), en casa se ha optado por algo más vigoroso y positivo: “Unir por la palabra”.

Debería servir para los siguientes 130 años y más.

Abraham Santibáñez