Editorial:

Lo mucho que se avanzó…

Santiago, 28 de Junio de 2015

La vertiginosa e imparable espiral política que comenzó el verano pasado, sigue proporcionando sorpresas. Hay, sin embargo, un punto que parece crucial y en el cual vale la pena detenerse: el financiamiento de la precampaña de Michelle Bachelet.

Nadie duda de que el esfuerzo por posicionar un candidato, por popular que sea, requiere de un equipo capacitado y de ingentes sumas de dinero.

En esta perspectiva, por lo que ha trascendido, es lógico que el encargado de conseguir fondos haya desplegado su experiencia y sus contactos en lo que consideraba un servicio al país con una candidata desbordante de méritos personales y políticos. Es comprensible, incluso, que no haya informado en su momento a la eventual beneficiada de este esfuerzo, pese a que tenía solo un nombre y un apellido. Cuesta aceptar, en cambio, que este financiamiento se haya logrado a través de una empresa tan ligada al pinochetismo como SQM y que a quienes trabajaron en la precampaña se les haya remunerado tan generosamente por un trabajo que tradicionalmente se hacía ad honorem.

El equipo en el cual Giorgio Martelli solo oficiaba de experto en conseguir recursos, se organizó en los más altos niveles más. Claramente el ahora ex ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, tenía el liderazgo.

Desde que comenzó el trabajo de este grupo es evidente que su propósito no se limitaba a la reelección de Michelle Bachelet. A partir del diagnóstico de que la Concertación no había sido capaz de cumplir plenamente sus objetivos, se pretendía imponer un programa de gobierno que impulsara con éxito las grandes reformas pendientes. Para ello era indispensable ir preparando un equipo que luego –ya en el gobierno- fuera capaz de llevar a cabo contra viento y marea kos proyectos fundamentales.

Según planteó en El Mostrador Nicolás Sepúlveda, a comienzos de 2014 el equipo estaba listo: eran “conocidos como la G 90, en alusión a la década en que se constituyeron. En esa época todos militaban en la juventud del partido (el PPD) y hacían política desde las federaciones estudiantiles… En el partido comentan que la G 90 se pensó como un proyecto a largo plazo, que Sergio Bitar apadrinó al grupo y que él se ha encargado de darles cierto perfil académico que les ha servido para influenciar en el quehacer político sin tener ningún cargo de representación popular. “No tienen diputados ni senadores, han trepado desde las asesorías”, señalan.

Lo primero era lograr que Michelle Bachelet ganara la elección. Luego del triunfo, con su respaldo y, sobre todo, la designación de Peñailillo en la cartera del Interior, se despejó el camino.

En menos de un año, los G-90 se jugaron a fondo, dejaron atrás a sus socios de la Concertación y avanzaron sin tener que transar, imponiendo cambios sustanciales y dejando otros sumamente avanzados.

El que en este momento el grupo de Peñailillo haya sido desplazado del poder es un grave tropieza, sin duda. Pero, como ya sabemos, se ha visto “muertos cargando adobes”. La vida, en política es menos frágil de lo que se cree y en una segunda oportunidad podrían reaparecer para completar los cambios anhelados.

Algunos ya están hechos y son irreversibles. Los otros, vendrán después. Por ahora, basta con que las reformas se consoliden.

Abraham Santibáñez