Editorial:

En defensa de lo ganado

Santiago, 22 de Febrero de 2015

Hace poco más de un siglo (noviembre de 1913) en uno de sus más conocidos discursos, el senador Enrique Mac Iver, hizo su famosa aseveración “Me parece que no somos felices”.

En la introducción de sus palabreas, planteó:

No sería posible desconocer que tenemos más naves de guerra, más soldados, más jueces, más guardianes, más oficinas, más empleados y más rentas públicas que en otros tiempos; pero ¿tendremos también mayor seguridad; tranquilidad nacional, superiores garantías de los bienes, de la vida y del honor, ideas más exactas y costumbres más regulares, ideales más perfectos y aspiraciones más nobles, mejores servicios, más población y más riqueza y mayor bienestar? En una palabra, ¿progresamos?”.

Pese al tiempo transcurrido, los chilenos seguimos teniendo profundas inquietudes, algunas antiguas y otras muy recientes. El tradicional descanso del verano (época de “tregua”, diría tal vez una conocida figura de la farándula), se saturó de denuncias de irregularidades, errores e imprudencias por no hablar de delitos. Surgen de todos los sectores, pero ciertamente el más golpeado es “la clase política”, así en general y sin atenuantes. Cuando se ponen los micrófonos de la radio y la TV al alcance de la gente de a pie, se escucha un coro casi sin matices acerca de la corrupción de los políticos.

Desde luego está bien, muy bien, que haya denuncias. Son necesarias, por repetir lo que ya es un lugar común, para que las instituciones funcionen.

El problema es otro.

En esta cascada de acusaciones sin matices, que abarca a todos los políticos sin excepción, igual que en el tango Cambalache (Vivimos revolcaos/ en un merengue/ y en un mismo lodo/ todos manoseaos...) se desliza un peligroso mensaje de desprecio de la democracia y de sus instituciones en general.

Como dijo Mac Iver, ¿si no tenemos “mayor seguridad; tranquilidad nacional, superiores garantías de los bienes, de la vida y del honor, ideas más exactas y costumbres más regulares, ideales más perfectos y aspiraciones más nobles, mejores servicios, más población y más riqueza y mayor bienestar” de qué nos sirven las instituciones?

Hoy día lo más grave es la descalificación constante de los protagonistas de las noticias, tanto desde la derecha como desde la izquierda; tanto a la derecha como a la izquierda. En un cuarto de siglo nos olvidamos de los dolores y sufrimientos infligidos por la dictadura; olvidamos los brutales abusos y las gravísimas injusticias de esos años oscuros. Nadie lo quiere y si alguien lo quisiera no se atreve a decirlo, pero se percibe el amanecer de los nostálgicos, los que creían que Chile era “una isla de paz” porque no había parlamentarios e instituciones cuestionadoras ni periodistas incómodos.

Muchos, durante la dictadura, defendimos la democracia, pero sabíamos, como Churchill, que “es la peor forma de gobierno, excepto todas las otras formas que se han probado de tiempo en tiempo”. Estábamos seguros de que los problemas no desaparecerían mágicamente con la caída del dictador y que sería necesario trabajar arduamente para garantizar un futuro mejor para todos.

También compartíamos la afirmación clave de Abraham Lincoln:

Nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales (....) debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún resta ante nosotros (...) que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la Tierra”.

Es hora de renovar las promesas que se hicieron en el glorioso momento en que recuperamos la democracia. Es hora de preocuparnos para que las ambiciones personales, la soberbia colectiva y la irresponsabilidad cívica nos pongan al borde del abismo.

Abraham Santibáñez