Editorial:

Tarea para periodistas

Santiago, 1º de Junio de 2014

George Orwell (1984) y Aldous Huxley (Un mundo Feliz), dos lúcidos intelectuales de mediados del siglo XX, resumieron los temores de la humanidad frente al desarrollo incontrolado de la tecnología. Ambos anticiparon un mundo en el cual el totalitarismo gobernaría apoyado por el omnipresente control de cámaras de TV u otros instrumentos similares.

Orwell hablaba del “Gran Hermano”. No es simple casualidad que uno de los primeros realities de la TV fuese bautizado precisamente con ese nombre. Pero hay una diferencia: ambos autores anunciaban un mundo controlado por un poder central prácticamente inescapable. Caídos el Muro de Berlín y la Cortina de Hierro, esa parte de la profecía -salvo en lugares muy aislados como Corea del Norte- no se cumplió.

Hoy, los “grandes hermanos” somos todos: la tecnología ha puesto en nuestras manos toda clase de artefactos que permiten registrar prácticamente todo, invadir los lugares más recónditos... y publicar todo lo grabado: imágenes, sonidos, conversaciones públicas y privadas, documentos y textos reservados.

Ello es grave.

Al mismo tiempo, sin embargo, esta gigantesca capacidad de registrar y difundirlo todo, es una de las más poderosas herramientas que el periodismo haya tenido nunca a su servicio. Nunca antes fue tan fácil encarar y poner en evidencia a quienes tienen un doble o triple discurso. No hace mucho tiempo, los periodistas saludamos con alborozo las primeras grabadoras ya que, se suponía, no habría posibilidad de desmentidos. Ha sido así... hasta cierto punto. La protesta de quienes se ven afectado ha cambiado: ya no niegan lo dicho, se limitan a decir que los han sacado de contexto.

La tensión inevitable entre la concepción tradicional del periodismo y la que está surgiendo, obliga a una reflexión en todo el mundo.

El acercamiento más reciente a esta reflexión, la hizo aquí en Chile el fundador del diario El País, Juan Luis Cebrián, al incorporarse como miembro correspondiente a la academia Chilena de la Lengua.

De periodismo quiero hoy hablar, en tiempos en que son frecuentes las interrogantes sobre el futuro de la prensa, su capacidad de vertebrar la opinión pública y la deriva de los medios de comunicación como consecuencia de la implantación de las nuevas tecnologías.
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No creo que haya nadie que pueda anunciar sin asomo de dudas que los periódicos tal y como los hemos conocido durarán doscientos años, sobrevivirán en el plazo de dos o tres lustros. Pero, pervivan o no los periódicos, lo harán los periodistas, se llamen como se llamen, y seguirán siendo necesarios. La ciudadanía seguirá precisando, quizás más que nunca, gente con las tripas, el corazón y la voluntad de servir a sus vecinos mediante el ejercicio de contarles la verdad y desvelarles los secretos que el poder pretende ocultar. Esas gentes han de tener la inteligencia y la capacidad de análisis, el sentido común y el bagaje de formación necesarios para ejercer su tarea de forma racional. O sea que me sumo al llamado del profesor Santibáñez: es preciso levantar nuestras viejas bandera en las modernas batallas que nos aguardan. Un mundo sin maestros es un mundo de impostores, Para combatirlos seguirán siendo necesarios los periodistas, pertenecientes a una profesión que se hace con los tres atributos mencionados: cerebro, corazón y tripas.
Antes los acompañábamos de otra santísima trinidad, caída hoy en descrédito: café, copa y puro. Por mi parte, hago votos para que también en esto, los fundamentalistas de turno lleguen a un compromiso con la profesión, lo mismo que la profesión tiene que llegar al suyo con los creadores de algoritmos. Eso sí: de prisa, de prisa”.
Después de lo cual, Cebrián recogió su medalla y su diploma y nos dejó planteada la tarea.

Abraham Santibáñez