Editorial:

Defensor de la libertad de expresión

Santiago, 18 de Mayo de 2014

En 1988, en la primera de sus muchas visitas a nuestro país, Juan Luis Cebrián fue invitado por Lucía Castellón, directora de la recién creada escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales, para que dictara la clase magistral en el inicio del año académico. Le pedimos, sobre la base de su experiencia en España, en especial en el diario El País, que nos entregara su visión de la realidad y el futuro del periodismo en la perspectiva de la libertad de expresión.

Eran tiempos difíciles en Chile.

Juan Luis Cebrián era para nosotros un invitado excepcional. Pero también podía entenderse como una provocación. Durante casi quince años, la dictadura había impuesto duras, a veces inhumanas, condiciones a la vida de todos los chilenos, pero había un tema –el de la libertad de expresión- que nos afectaba a todos y muy especialmente a los periodistas.

Manuel Montt, rector de la universidad, un liberal de la vieja escuela, acogió con entusiasmo la iniciativa. Pero tanto él como la directora Castellón, me hicieron presente, como organizador del encuentro, su inquietud por lo que podría ocurrir si el invitado nos entregaba un mensaje demasiado incendiario.

A pocos meses de lo que sería un hito decisivo: el plebiscito del sí o el no, en Chile no faltaba combustible.

Nadie lo dijo, pero recordé para mis adentros la consigna de Mao Tse-tung: “Basta una chispa para incendiar una pradera”.

No había, claro, seguridad alguna que yo les pudiera dar al Rector y a la Directora. En honor a la verdad, tampoco me la pidieron, se limitaron a expresar su inquietud, lo que era comprensible ya que la Escuela recién había abierto sus puertas en una añosa casa en el barrio Ejército.

Además, como si fuera poco, un par de meses antes del comienzo de las clases, dos profesores –Alejandro Guillier y yo- habíamos sido encarcelados brevemente por el régimen por supuestos abusos de la libertad de expresión en la revista Hoy. Según recordó Lucía más tarde, cuando Manuel Montt supo que estábamos procesados por la justicia militar, tuvo una reacción característica. Le dijo irónicamente: “Lucía, la felicito por su ojito”. No era para menos: la naciente Escuela tenía apenas tres profesores contratados y ya dos estaban presos.

Juan Luis Cebrián no inició conflagración alguna.

En ese momento, hace un cuarto de siglo, nos mostró una de sus mejores facetas, mezcla de sabiduría, moderación, equilibrio y honestidad intelectual.

Habló duramente sobre las restricciones a la prensa que él mismo vivió en la España franquista. Su mensaje era más que implícito. Pero nunca dijo nada que pudiera herir de manera directa a las quisquillosas autoridades del Chile de la dictadura.

El suyo fue un mensaje de esperanza no solo para los estudiantes que lo escucharon entonces, sino también para todos los periodistas que luchábamos por la libertad de expresión en Chile y el retorno a la democracia.

Esta es, sin duda, una de las más hermosas lecciones que he recibido del distinguido periodista que esta semana se incorporo a la Academia.

Noticia inolvidable

Hay otra, igualmente importante para un periodista.

Es un recuerdo que incluyó él mismo en el libro “Cartas a un joven periodista”.

En 1963, muy joven Juan Luis Cebrián, trabajaba como “meritorio”, lo que entiendo como una especie de práctica, en el diario Pueblo de Madrid cuando John Kennedy fue asesinado.

En ese momento, solo había otro periodista en la redacción, cuya única y lacónica reacción, fue despedirse: “Me esperan en la tele”.

Así, el novel periodista Cebrián quedó, por unos minutos solo en el diario, enfrentado a una tremenda noticia. Poco a poco llegó el resto de la redacción y muy rápidamente todos se entregaron al trabajo.

Cebrián recuerda que estaba frenético. Como muchos de nosotros en todo el mundo, aparte del desafío propiamente periodístico, sentía que Kennedy era “el emblema de una forma de entender la libertad y la democracia que se nos negaba en España: la nueva frontera”.

Trabajaron toda la noche. Al día siguiente el diario produjo dos ediciones: una a las ocho de la mañana y la otra al mediodía. “No dormimos en toda la noche para poder poner en la calle un diario auténticamente ejemplar, sobre todo si se tenía en cuenta la escasez de medios con que contábamos”.

Lo resume con emoción: “Aquella noche era una auténtica borrachera, un embriagarse de actualidad… Y además era una noche para la reflexión y el llanto, para el miedo por la paz”.

En los años siguientes habría otras noticias tanto o más importantes; tanto o más conmovedoras que la muerte de John Kennedy. Pero ninguna dejaría una huella tan profunda en ese joven periodista, Así que, cuando finalmente regresó a casa, lo hizo “con la satisfacción del deber cumplido”.

Pero las lecciones de la jornada no habían terminado.

La fugacidad

Al aproximarse a su domicilio vio que un camión acababa de descargar carbón y una nube de polvillo negro inundaba el ambiente. Como el portero había debido fregar el mármol blanco de la entrada, no había tenido más remedio que cubrir el piso con papel de diario.

Era, aleccionadoramente, el mismo periódico en el cual Cebrián y sus colegas habían vaciado todo su esfuerzo unas horas antes. El titular de primera página proclamaba: “No peligra la paz por la muerte de Kennedy”. Y el autor de estas cartas a un futuro periodista no puede dejar de preguntarse: ¿Y a quién le importaba ya?

El periodismo, reflexiona Cebrián después de contar esta historia, es fugaz. Pero agrega otras consideraciones. “Jefferson, dice, que fue un gran defensor de la libertad de prensa, acabó considerándola un mal necesario, con el que no se puede acabar so pena de matar el resto de las libertades”.

Ese fue el mensaje que nos trajo en esa mañana en 1988 en la Universidad Diego Portales. Esa es probablemente, su más importante lección. Pero su aporte intelectual es mucho más amplio y profundo.

Juan Luis Cebrián fue el primer director del diario El País, con el cual se inicia una nueva etapa en España. Hay consenso en que al frente del diario jugó un papel relevante en el proceso de transición política española de la dictadura a la democracia. Hoy día toda la prensa española luce, en su diversidad, características parecidas a las que marcaron positivamente al periodismo en esos históricos momentos

En 2001 recibió en nuestro país la medalla rectoral de la Universidad de Chile. En enero de este año ha sido reconocido con la Orden de Bernardo O'Higgins, con el grado de Gran Oficial, la más alta distinción que el gobierno de Chile otorga a destacados ciudadanos extranjeros en reconocimiento de su contribución para estrechar los lazos entre ambos países.

Periodismo veraz e independiente

Coincidiendo con la irrupción de las nuevas tecnologías, Cebrián ha encabezado un esfuerzo gigantesco en el desarrollo de la industria de la comunicación.

No ha sido tarea fácil y en el camino juntó admiradores y detractores. Pero nadie, cuando analiza su trabajo, puede ignorar un aspecto que, sin duda, es la mejor razón para tenerlo aquí: su permanente esfuerzo por la corrección idiomática. No fue por casualidad que la Real Academia Española lo acogió en mayo de 1997 entre sus miembros de número.

Pero, para mi sigue siendo crucial su postura frente al periodismo y la libertad de expresión. Así lo prueban las siguientes citas, entre muchas:

  • El periodismo debe ser veraz e independiente. En tan sencilla, aunque resonante, sentencia se resume toda la esencia de nuestro oficio. Ser veraz significa que efectivamente los periodistas han de contar los hechos tal como sucedieron, no deben manipular los datos, ni resaltarlos a su conveniencia; tienen que ser rigurosos en la verificación, exhaustivos en las pruebas, puntillosos en los matices. Y tienen, sobre todo, que saber reconocer sus errores y sus equivocaciones, y estar dispuestos a purgar por ellas. Ser independiente equivale a que tengan conciencia del papel social que su tarea implica, a no administrar la verdad que conocen según las conveniencias o presiones del poder, a no inmiscuir sus opiniones o intereses personales con los de los lectores, a no cambiar su condición primaria de testigos por la de jueces, a ser críticos, discutidores, polémicos y brillantes sin que la pasión por las palabras les aleje de la primera pasión por la verdad, sino sirviéndose de aquéllas para iluminar con mejor y mayor luz a esta última.
  • Ponerse a teorizar ahora sobre la importancia de la libertad de expresión para garantizar la democracia parece superfluo. La prensa siempre es un instrumento incómodo al Poder, y el Poder trata siempre de controlarla o de manipularla. La prensa ejerce un control real en los países libres: denuncia corrupciones, evita abusos y hasta, en ocasiones, recuerda pasados. Muchos protestan de la arrogancia periodística y dudan de la capacidad de los profesionales para ser objetivos. Pero esta es también una discusión fútil. No somos los periodistas más arrogantes que los militares o los médicos, ni más prepotentes que los curas o los políticos. En cuanto a la objetividad conviene acordar que es un término lleno siempre de matices subjetivos, y que no es tanto ella como la honestidad en el proceder informativo lo que un lector debe reclamar a su periódico. Y está bien escrito el posesivo porque son los lectores los verdaderos dueños de la información, que es un bien público en la sociedad democrática.

(El pasado sábado 17 de mayo, la Academia Chilena de la Lengua recibió como miembro correspondiente en España al periodista Juan Luis Cebrián. Este texto corresponde al discurso de recepción).

Abraham Santibáñez