Editorial:

Dos Papas y un Cardenal

Santiago, 04 de Mayo de 2014

Si se juzga por lo que apareció en la mayoría de nuestros medios de comunicación, se podría concluir que el pasado 27 de abril el Papa Francisco canonizó a solo uno de sus antecesores: a Juan Pablo II. Dado que, en la perspectiva local, alentada durante años por la dictadura, Juan Pablo II tuvo un papel fundamental en lograr la paz entre Chile y Argentina, ello no carece de lógica.

Pero ¿es que Juan XXIII el otro Papa canonizado en Roma ese día, es apenas el modesto acompañamiento del plato principal? Así por lo menos se podría deducir del brutal contraste entre el esfuerzo desplegado (en capacidad periodística, en tinta y en electrones) en torno a uno y otro personaje. Juan Pablo II es el ganador absoluto en esta competencia.

Una explicación sencilla es que una gran mayoría de chilenos solo ha conocido a Juan Pablo II y a sus sucesores Benedicto XVI y Francisco. Hay que considerar, además, que la visita de Juan Pablo II, el único Papa que ha venido a Chile, fue un gran acontecimiento mediático. Y no hay que dejar de lado la primera afirmación: Juan Pablo II fue el mediador que frenó el impulso bélico de nuestros vecinos.

Imposible no sumarse a los festejos en su honor.

Ello, sin embargo, no debe hacernos olvidar que Juan Pablo II terminó su largo papado en medio del escándalo creciente provocado por los muchos sacerdotes (y no pocos obispos) pedófilos y abusadores denunciados en todo el mundo sin ser castigados por la jerarquía.

En cambio ¿quién fue Juan XXIII, de aspecto campesino y contextura gordinflona?

Fue un Papa providencial, me responde un conocido sacerdote, con quien hablé hace unos días: “El Papa Juan, al convocar al Concilio Vaticano II puso en marcha un proceso que todavía está en desarrollo y que impulsó una profunda renovación pastoral en la Iglesia católica”.

Este Papa, que ocupó muy brevemente el trono de san Pedro, dejó también algunos documentos fundamentales: sus encíclicas Mater et Magistra (Madre y Maestra, 1961) y Pacem in Terris (Paz en la Tierra, 1963), dada a conocer en plena guerra fría luego de la “crisis de los misiles” soviéticos en Cuba, entregaron un vigoroso mensaje moral a la humanidad, rescatando el papel de la Iglesia católica en el mundo contemporáneo.

Y hay más: tal como se consigna en uno de los comentarios de esta edición, el cardenal Raúl Silva Henríquez protagonizó un papel crucial ante ambos Papas.

A Juan XXIII le pidió apoyo cuando los integrantes del Cabildo Metropolitano, sus asesores principales, cuestionaron la entrega a los campesinos de los fundos de propiedad de la Iglesia. Apoyado en la aquiescencia de Juan XXIII, Silva Henríquez, le dio un poderoso respaldó moral a la Reforma Agraria que profundizaría el Presidente Eduardo Frei Montalva. Ello le valió el distanciamiento nunca superado con los latifundistas católicos más tradicionales, pero abrió las puertas al necesario reconocimiento de la dignidad de miles de campesinos.

Años más tarde, en medio de la crisis con Argentina, el Cardenal apeló directamente a Juan Pablo II luego de su elección cuando, públicamente y rompiendo el estricto protocolo vaticano, le pidió que interviniera en el conflicto. Este gesto, que finalmente facilitó la mediación del Papa, nunca ha sido debidamente reconocido. El gobierno militar no tenía interés en destacar la labor del Cardenal, ni siquiera en tan clara demostración de patriotismo.

¿Será esa la explicación del tratamiento periodístico tan disímil de las canonizaciones de Juan Pablo II y Juan XXIII?

Imposible saberlo con certeza.

Sólo recuerdo que, en un momento, el Cardenal Silva, como lo consignó en sus Memorias, estuvo de acuerdo en que su postura en estas materias le significó un costo considerable “ya que el grupo conservador utilizaba distintas formas para manifestar su oposición a mi gestión pastoral. Algunas veces se trataba desde una resistencia desde el punto de vista pastoral, y las otras desde una perspectiva política”.

Da la sensación de que este rechazo subsiste todavía en algunos sectores.

Abraham Santibáñez