Editorial:

Periodistas olvidados

Santiago, Marzo de 2014

En 1951, en su discurso de despedida de su carrera militar, el general Douglas MacArthur recordó “una vieja balada cuartelera” ante el Congreso de Estados Unidos: “Los viejos soldados nunca mueren… solo se esfuman en el tiempo (fade away)”.

La frase ha sido recordada con cierta profusión con motivo de los 50 años de la muerte del famoso soldado de la II Guerra Mundial. La “vieja balada” supera largamente, a mi juicio, el ámbito militar. Es, por ejemplo, lo que ocurre hoy con una generación de periodistas del siglo pasado. Muchos de ellos se incorporaron a la profesión en los años 50, cuando egresaban de las primeras escuelas de Periodismo de nuestro país. Eran el fruto del esfuerzo de visionarios comunicadores que creían que el periodista, además de la vocación, necesitaba una formación de alto nivel.

Como estudiantes, nos tocó apreciar “en vivo y en directo” la calidad y capacidad de esos profesionales que se habían distinguido en el trabajo en la prensa escrita y en la radio y que pensaban que era necesario abrirse a los nuevos tiempos con una formación sistemática, que contemplara desde el uso del idioma a los desafíos éticos. Fuimos herederos de nombres legendarios: Lenka Franulic, Luis Hernández Párker, Mario Planet, Ramón Cortez, Santiago del Campo y muchos más.

Las nuevas generaciones cumplieron mayoritariamente las esperanzas de los fundadores de Escuelas y del Colegio Periodistas. Nos tocaron años gloriosos, en que los periodistas eran respetados por su buen criterio y su capacidad de servicio. Y también los años difíciles de la dictadura. Aunque no lo esperábamos, para eso también estábamos preparados: nuestros maestros no inculcaron el amor s la libertad.

Pero lo que ignorábamos es que el periodismo cambiaría brutalmente con el tiempo como efecto de la revolución tecnológica. Sin que nos diéramos cuenta al comienzo, fue acortándose la distancia entre el comunicador y el público, inicialmente un receptor pasivo de nuestro trabajo. Las audiencias se “empoderaron”, cada ser humano puede llegar a todo el mundo con sus opiniones gracias a las nuevas tecnologías. La vida privada ha dejado de ser privada. La intimidad es invadida sin dificultades. Los principios éticos elementales han sido desplazados por el rating y el morbo.

En medio de esta avalancha que todavía no logramos comprender ni manejar, esos viejos periodistas de hace medio siglo o más, están desvaneciéndose, igual que los soldados de la balada. El más reciente es Luis Álvarez Baltierra, fallecido hace unos días (ver comentario de Enrique Ramírez Capello). Pero en la lista hay muchos más colegas, algunos muertos en el olvido…. Y otros que siguen vivos pero que ya casi nadie recuerda.

Han sido desplazados por los opinólogos y los noteros que reportean en Internet y en Facebook, que usan Twitter, Instagram y Whatsapp. Pueden ser rápidos, pero pecan de falta de exactitud, carecen casi siempre de contexto y no les importa la responsabilidad ética.

Peor aún: nunca conocieron la noción del periodismo como un servicio.

Abraham Santibáñez