Editorial:

Oportunismo Político

Santiago, 14 de Julio de 2013

El oportunismo ha sido uno de los reproches más duros del gobierno del Presidente Piñera a la oposición. Es un descalificativo que sirve para rechazar casi cualquier iniciativa. Con igual entusiasmo se ha descalificado el acuerdo de la Concertación y el Partido Comunista, dando a entender que se trata de un giro nefasto, recuerdo de pasadas campañas del terror. Pero esta estrategia tiene un talón de Aquiles: la mayor demostración de oportunismo la acaba de dar el propio gobierno al reaccionar, en apenas unas pocas horas, sacando de la manga un proyecto para terminar con el binominal. Lo que se postergó por años, se materializó instantáneamente después del acuerdo de Renovación Nacional y la Democracia Cristiana, con el beneplácito del resto de la Concertación.

Se trata, en buen castellano, de inconsecuencia.

Y hay más: en el último tiempo, a la falta de consecuencia y el oportunismo de las fuerzas oficialistas, se debe sumar el desconcierto que se refleja en la pérdida de rumbo. Este gobierno ha sido incapaz de anticiparse a los conflictos de intereses tantas veces anunciados o denunciados.

Aunque sea obvio, hay que subrayarlo.

Desde la abrupta salida de la candidatura del ex ministro Golborne, al no menos abrupto despido del director de Impuestos Internos, la gran debilidad oficialista se refleja permanentemente en tres pasos: 1) el cerrado rechazo ante cualquier acusación. 2) el apoyo al acusado, atribuyendo todo a maniobras interesadas de la oposición. 3) la brutal decisión de sacar a quien está en entredicho, cuando todavía se producen declaraciones contradictorias entre los ministros y los dirigentes de RN o la UDI.

Ya tiene poco sentido hacer escarnio de la proclamada “nueva forma de gobernar”, pero conviene no olvidar. La soberbia de creerse “los mejores”, los que eran capaces de hacer en 20 días lo que la Concertación no hizo en 20 años, resultó mala consejera.

Como la guinda de la torta, aunque parezca difícil de creer, hay que agregar ahora la sorprendente competencia desatada para la campaña electoral de cuatro años más. Y, más sorprendente es el hecho de que quien encabeza esta carrera es el propio Jefe de Estado.

¿Cuáles fueron las acusaciones de siempre? ¿Ambición? ¿Afán de poder? ¿Incapacidad de reconocer los errores propios?

Hay espacio para las interpretaciones.

Abraham Santibáñez