Editorial:

Entre el meñique y la guerra

Santiago, 21 de Abril de 2013

Al esgrimir una supuesta falta de lealtad de la ex Presidenta Bachelet, el oficialismo agregó una nueva contradicción a sus argumentos a favor del ministro Beyer.

El análisis es simple.

Se pedía a los senadores que votaran, como lo exige la Constitución, en conciencia. Pero no faltó quien, como la ministra Matthei, que consideró que era más importante una eventual “orden de meñique” (ya que no de partido) para ordenar las conciencias y revertir la suerte del acusado. El propio ministro agregó otra consideración que en definitiva apunta igualmente a forzar conciencias: reclamó lealtad, como si el hecho de invitarlo –en su calidad de experto en educación- se le hubiera concedido un lugar de honor en el elenco de gobierno de Michelle Bachelet.

No cabe duda de que las autoridades reaccionaron coordinadamente para convertir a Beyer en “niño símbolo”. Desde el exabrupto de la vocera (usó un supuesto “chilenismo” descalificador contra el senador Navarro) a las palabras del ministro de la Vivienda y del titular del Interior, coincidieron en apuntar a un solo blanco: la candidatura de Michelle Bachelet.

No es algo nuevo ya que refleja una obsesión permanente, pero que se traduce hora en un lenguaje hiriente y descalificador.

El oficialismo sostiene que la aprobación de la acusación “le hace mal a la democracia”. Una vez más no miran a la viga en el ojo propio: quien le hace mal a la democracia es quien rechaza las reglas del juego, las mismas por cierto que usaron contra la ministra Provoste.

Tampoco ayuda a la democracia sostener que la destitución de un ministro equivale a un tsunami; que ha comenzado la guerra o que estamos en una etapa similar a la víspera del golpe de estado.

La falta de ponderación es mala consejera.

El oficialismo, que se muestra cada vez más desordenado, privilegiando su sentido de destrucción en los ataques a sus candidatos (no solo presidenciales), debería hacer caso del llamado del Presidente: “Este gobierno no está en guerra con nadie”.

Ya sabemos que no siempre lo escuchan.

 

Abraham Santibáñez