Editorial:

Homenajes con poco contenido

Santiago, 10 de Febrero de 2012

Este miércoles se conmemoran 201 años de la aparición del primer ejemplar de La Aurora de Chile, el histórico semanario dirigido por fray Camilo Henríquez. El año pasado, cuando se conmemoró su bicentenario, era dable pensar que nuestra sociedad reconocería los méritos del periodista-sacerdote y se recordaría su legado con entusiasmo y respeto.

Ello ocurrió solo a medias: tal como otros bicentenarios, no hubo un despliegue masivo de homenajes o sesiones de reflexión. El Colegio de Periodistas estableció un premio que ganó merecidamente Alberto “Gato” Gamboa. La Asociación Nacional de la Prensa le dedicó su encuentro anual y en la revista del gremio su presidente, Alvaro Caviedes, miró al futuro: “Estos son sólo los primeros doscientos años y la prensa nacional se encuentra aún plenamente vigente y vigorosa. Son doscientos años de papel, pero no podemos quedarnos en eso...”. Como se ha hecho notar en otras tribunas, los recuerdos más destacados se realizaron en la Academia chilena de la Lengua, incluyendo la presentación de la obra en tres tomos “Biografía y escritos de fray Camilo Henríquez”, del periodista y abogado Fernando Otayza.

No se avanzó, sin embargo de manera significativa en dos materias legislativas relevantes: el Estatuto del Periodista y la nueva ley de Colegios Profesionales.

El Estatuto pretende mejorar la protección del trabajo de los periodistas; la ley de establece tribunales de ética con tuición sobre todos los profesionales, incluidos los periodistas, colegiados o no. Ello permitiría, obviamente, aumentar la exigencia en este sentido, sin generar nuevas restricciones de tipo legal.

Mientras no se avance en estas materias fundamentales para un ejercicio responsable, nuestro periodismos seguirá mostrando sus debilidades: improvisaciones sin base suficiente (en especial en el caso del reporteo en terreno para radio y TV), abuso de las nuevas tecnologías, como cámaras escondidas, tuitter sin comprobación de datos, acceso sin justificación a la intimidad de las personas, desdén por la dignidad y el dolor ajenos, etc. (Aquí cabría justificadamente ese lamentable lugar común: “y un largo etcétera”).

Fray Camilo merece que lo sigamos celebrando. Pero hasta ahora se continua eludiendo el verdadero homenaje: la aplicación a nuestra realidad de los principios que intuyó lúcidamente hace dos siglos.

Abraham Santibáñez