Editorial:

Un acto de Dios.

Santiago, 27 de Enero de 2013

Los angloparlantes hablan de “un acto de Dios” (an act of God), lo que significa que hay situaciones que los seres humanos no pueden controlar. Por ejemplo, tornados en Estados Unidos, inundaciones en Gran Bretaña o terremotos en Chile. Como no hay una lista explícita, es evidente que también cae en esta definición lo ocurrido la semana pasada cuando el agua del río Maipo se llenó de barro.

Conviene recordar que de ahí se extrae gran parte del agua potable de Santiago lo que explica que en definitiva más de dos millones de capitalinos se quedaran en seco.

Aguas Andinas no recurrió a la expresión anglo-sajona, pero anotó que había habido “fuertes lluvias” y aludes de barro en el Cajón del Maipo, producidas por “un frente climático”.

No hay cómo debatir esta información. Pero obviamente, lo que molestó a dos millones de ciudadanos (cuatro veces la cifra inicial de la empresa) fue la mala información. Es cierto que las lluvias de verano y sus consecuencias son imprevisibles, pero una vez que se inicia el proceso, hay mucho que sí se puede hacer: avisar de la manera más amplia y rápida posible a los afectados, reiterar advertencias y, sobre todo, poner en marcha lo que han llamado pomposamente “plan de emergencia”.

Independientemente de las aristas políticas, este episodio nos dice que hemos aprendido muy poco de las lecciones del terremoto y tsunami de 2010.

La falta de agua (el lugar común tiene razón: es un “vital elemento”) es una tragedia y esta vez afectó transversalmente a los santiaguinos. Como decían en la revista La Chiva, fue un fenómeno con efectos “de la Vega a Vitacura”. Claro, como Santiago no es el mismo de esos años, habría que decir que dejó damnificados desde San Bernardo a Las Condes.

Pero hubo una gran diferencia: en algunos sectores no hubo paliativos mientras no llegaron los aljibes municipales o de bomberos (incluyendo algún “guanaco” policial fuera de recorrido). En otros, en cambio, donde había cómo pagar, se produjo una estampida hacia los supermercados en busca de agua embotellada.

Los “actos de Dios” tienen su dinámica propia. Pero los actos de los hombres sí se pueden planificar. Se ha dicho, por ejemplo, que los estanques de decantación del agua potable podrían ser mucho más grandes, de manera de tener más reservas. Habría que investigar la denuncia acerca de los trabajos de una hidroeléctrica en el alto Maipo que pudo desprender las tierras que dieron forma al aluvión.

Pero, sobre todo, es necesario que los planes de emergencia sean realmente tales: más información y más oportuna al cliente.

Abraham Santibáñez