Editorial:

Un promotor de la esperanza

Santiago, 29 de julio de 2012

Como suele ocurrir en las dictaduras, la muerte de Oswaldo Payá no se ocultó, pero –según la versión oficial de Granma- lo que ocurrió fue “un lamentable accidente del tránsito en el que fallecieron dos personas y dos resultaron heridas”.

Los fallecidos, agregó la nota, son los ciudadanos cubanos Oswaldo Payá Sardiñas, residente en La Habana, y Harold Cepero Escalante, oriundo de Ciego de Ávila. Resultaron lesionados el español Ángel Carromero Barrios y el sueco Jens Aron Modig, quienes sufrieron heridas leves y reciben asistencia médica en el hospital Clínico Quirúrgico Docente Carlos Manuel de Céspedes de la citada ciudad. Las autoridades investigan las causas del accidente”.

En los días siguientes, cuando ya se había producido un estallido mundial de dudas y sospechas, se aportaron más detalles. El chofer del vehículo arrendado, el español Carromero, fue acusado de conducir a exceso de velocidad y en forma imprudente en terreno resbaladizo.

No ha sido suficiente y se siguen pidiendo más antecedentes, sobre todo porque hay versiones de que el vehículo fue chocado en forma deliberada por un camión que huyó. Pero es difícil que se avance mucho más.

La muerte de Payá le saca al régimen castrista una grande, dolorosa e incómoda espina. Hace más de una década, este disidente cubano, representante de una corrientemente de fuerte inspiración católica, propuso una salida no violenta a la dictadura: un plebiscito consensuado. En muchos sentidos, era una réplica de la opción por el No, de la oposición al régimen de Pinochet.

Para fundamentar la propuesta se elaboró el llamado Proyecto Varela. El nombre corresponde, según sus admiradores, “a un respetado sacerdote, filósofo, científico, orador, diputado a las Cortes Españolas (representando a Cuba), profesor, inventor, párroco, fundador de nuevas iglesias, fundador de escuelas, Vicario General de una gran diócesis (Nueva York) y sobre todo cura de almas dotado de una inextinguible caridad y entrañable afecto por sus semejantes, sobre todo los más desamparados”.

En enero de 1998, con la firma de Payá y otros tres dirigentes (Miguel Saludes García, Juan Antonio Rodríguez Avila y Antonio Ramón Díaz Sánchez) se inició la recolección de firmas para oficializar, conforme la Constitución, el pedido de plebiscito. “Este proyecto, se dijo entonces, va dirigido a abrir espacios de participación libre y responsable de los ciudadanos en la vida política y económica de la sociedad”. La iniciativa se planteó como “un camino para que el pueblo de Cuba transite en la verdad y el derecho en la solidaridad y realice sus esperanzas. El Padre Varela fue el hombre que nos enseñó a pensar como cubanos, sembró la primera semilla de la conciencia y de la libertad y soberanía como derecho del pueblo. Por eso este proyecto lleva su nombre”.

El documento, presentado oficialmente hace diez años, en 2002, contenía cinco propuestas:

1.- Derecho a la libre expresión, 2.- Derecho a la libre asociación, 3.- Amnistía, 4.- Derecho de los cubanos a formar empresas y 5.- Una nueva ley electoral.

La reacción oficial fue violenta: decenas de opositores fueron reprimidos y detenidos en lo que pareció el fin de una primavera.

Sin embargo, en los últimos días, tras la muerte de Payá, se ha hecho evidente que la esperanza no se ha perdido.

Lo afirmó desde el exilio Regis Iglesias, miembro del Movimiento Cristiano de Liberación, quien estuvo junto a Payá en los comienzos del proyecto: “Hoy, nuestra esperanza, mi sueño, sigue vivo. El Proyecto Varela, esa semilla plantada por Oswaldo Payá hace diez años, mostró que existe una sociedad civil cubana dispuesta a exigir su derecho a tener derechos. Algunos, lejos de nuestro amado terruño, sólo podemos hoy ser el eco constante de la indomable voz de nuestros hermanos que continúan frente al tirano la lucha pacifica y coherente por nuestra liberación. Pero sabemos que volveremos a Cuba, sí que lo sabemos, para disfrutar de aquello por lo que tantos cubanos hemos sacrificado nuestras vidas: nuestra libertad”.

Confiemos que así sea.

Abraham Santibáñez