Editorial:

Micrófonos abiertos

Santiago, 16 de Enero de 2011

No todos los exabruptos fuera de micrófono tienen el mismo castigo. Cuando Laurence Golborne era todavía un desconocido, soltó una inoportuna carcajada en medio de una reunión en el Congreso. Estaba simplemente de espectador y se entretuvo revisando su mail. Dio explicaciones y siguió tan campante su existencia, convertido ahora en el político con mejor futuro según las encuestas.

¿Sobrevivirá al desafío que ahora le planteó el Presidente Piñera al nombrarlo bi-ministro? Es difícil saberlo, pero la recomposición del gabinete ministerial, después de diez meses de gobierno indica que en materia de metidas de pata comunicacionales, la resurrección siempre es posible. Si no, que lo digan los muchachos de la ex patrulla juvenil que tuvieron una amarga experiencia gracias a un oficial de Ejército que interceptaba llamadas ajenas y un empresario que las dio a conocer en la tele.

Desde el “piñeragate” de comienzos de los 90 (la interceptación de la conversación de Sebastián Piñera y dos amigos a fin de preparar la estrategia contra Evelyn Matthei) hasta el “callampa gate” protagonizado por Jaime Ravinet, las indiscreciones han perdido impacto… pero siguen teniendo repercusiones.

En el caso de Ravinet (el puente “vale callampa, huevón, lo podría haber mostrado todo aquí, el puente vale callampa”) el exabrupto lo llevó al final de su carrera porque ya venía precedido de otras expresiones poco afortunadas. La peor, sin duda, fue la amenaza explícita de que las Fuerzas Armadas podrían negar su apoyo en caso de catástrofes si el Ministerio era obligado a revelar detalles de la compra del puente mecano para el Bío-Bío. Pese a que en su momento ratificó la misma idea el subsecretario Izurieta –lo que muestra el peligro de llevar a la política a un ex comandante en jefe- al final Ravinet se quedó sin piso. Todo indica que ha habido otros reproches, algunos políticos y otros administrativos, como los de la Contraloría.

Pero -hay que insistir en ello- son muchos los personajes que han hablado frente a micrófonos que creían apagados sin sufrir más que alguna broma. Lo más probable es que estos chascarros se seguirán repitiendo. Lo hizo Ronald Reagan en 1984, felizmente sin mayores consecuencias porque desde el comienzo se supo que era broma. “Compatriotas -dijo-: me complace informales que hoy firmé una ley que declara a Rusia fuera de la ley para siempre. Empezamos a bombardear en cinco minutos”.

También los gobernantes rusos han tenido parecidas indiscreciones, sin que hasta ahora haya pasado nada. Una teoría es que nadie los toma muy en serio. Es, al parecer, lo que ocurre en el caso chileno, donde las repetidas salidas de libreto del Presidente Piñera van directamente al anecdotario.

Pero ¿es distinto el caso de un “tuiteo” sin filtro (su queja acerca del sueldo “reguleque”), como el que le costó la carrera política Ximena Ossandón? ¿Por qué, entonces, la Intendenta penquista sigue en el cargo, a pesar de burlarse del despido de una ex funcionaria? Un mensaje suyo vía “tuiter” no escatimó ironías: “La despidieron por atrasos reiterados y por mala funcionaria... que me haya causado placer es otro tema... jajajajaja”.

Pese a no haber tenido mayores consecuencias (en este caso, al menos), crece la conciencia que digitar un mensaje en “tuiter” puede ser tan arriesgado como hablar cuando se cree que los micrófonos están apagados.

Indiscreciones siempre ha habido, pero hubo una época en que quienes las pregonaban hasta podían perder la cabeza por desafiar a la autoridad. Hoy día hemos ganado en materia de libertad de expresión: por lo menos no son los periodistas los que cargan con la culpa de estos excesos.

Abraham Santibáñez