Editorial:

Cambios (personales y de estilo) y otros desafíos

Santiago, 18 de enero de 2010

Aunque finalmente no fue muy amplio, el triunfo de Sebastián Piñera en el balotaje era previsible. Lo que cuesta imaginar es cómo será realmente su gobierno. Pese al desencanto de sus partidarios reunidos frente al Crowne Plaza, el tono de su mensaje fue más conciliador que el de la campaña.

Es obvio, sin embargo, que estamos frente a un cambio histórico: después de 20 años, la Concertación finalmente debe dejar el poder. Todavía está por investigarse cuáles fueron las razones para la derrota y ese es un ejercicio que deben hacer, en primer lugar, los partidos que han estado detrás de los Presidentes Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet.

Hasta qué punto no se renovaron a tiempo o fueron carcomidos por las malas prácticas, especialmente la corrupción, como han dicho los opositores, está por verse. Y, a la hora del balance, está claro también que no se pueden pasar por alto o ignorarse los muchos logros de estos cuatro gobiernos.

Ya sabemos que el mundo entero cambió en las dos últimas décadas. El simbolismo de la caída del Muro de Berlín es, apenas, una expresión (¿la mejor?) de lo ocurrido. Ello no es tan difícil de apreciar. El cambio profundo de Chile, debido a que ocurrió sin traumas, no se advierte tan fácilmente. Pero existe y es enorme. Se puede medir en el PIB, que se triplicó; en la pobreza, que disminuyó en dos tercios; en la apertura al exterior: pasamos de ninguno a 24 tratados de libre comercio; en la calidad de vida, en el crecimiento de las autopistas urbanas, las carreteras y el Metro; el aumento de los viajes por avión, de los estudiantes universitarios, de las viviendas construidas, etc.

¿Por qué estos avances no pudieron asegurar la supervivencia de los gobiernos de la Concertación? Por muchas razones, la menor de las cuales no es la pretensión de que la mejor política de comunicación era la que no existía. Pero, además, hay que tener en cuenta que en estos años llegaron otras novedades, que durante la dictadura se nos habían olvidado. La libertad de expresión es hoy día un derecho y una certeza para cada uno de nosotros, incluso si los medios de comunicación no son la tribuna abierta y objetiva que querríamos. La información que nos interesa no es la misma de hace veinte años: en vez de verdades duras, dolorosas como las que queríamos después de la dictadura, hoy buscamos aprovechar las nuevas tecnologías para distraernos, creemos necesitar más entretención que instrucción.

El que el rostro más visible en la celebración del Presidente electo haya sido Quique Morandé nos habla de grandes cambios sociológicos, reales aunque a algunos no nos convenzan.

También debemos reconocer que el paso de Michelle Bachelet por la Presidencia ha dejado un impacto profundo. Un buen gobierno en medio de una gran crisis mundial bastaría para explicar las adhesiones que provoca. Pero la verdad es que lo más importante ha sido su conmovedora cercanía con millones de chilenos y chilenas que necesitaban apoyo y comprensión.

Aunque Sebastián Piñera pida (y eventualmente obtenga) consejos de la Presidenta, no podrá replicar el modelo. Tampoco podría Eduardo Frei.

Lo que está claro es que, tal como los conocimos, ninguno de los presidentes de los últimos 20 años podría reemplazar a Michelle Bachelet en el corazón de los chilenos. Pero, como no se trata de eso, lo que se necesita son nuevos rostros, nuevos modos de actuar en política, escuchar mejor y, sobre todo, saber comunicar sin arrogancia.

¿Será mucho pedir para los próximos años, especialmente los primeros cuatro?

Abraham Santibáñez