Editorial:

Neorrevolucionarios culturales

Santiago, de 2009

Lo primero que hay que decir acerca de los estudiantes del Instituto Nacional es que la elección de nombre de la toma es un acierto total. Lamentablemente, al revés de lo que ocurría con los institutanos de todos los tiempos que necesariamente debíamos estar bien informados de la historia y de la actualidad, esta vez el adjetivo “cultural” ha sido colocado por una supina ignorancia. Por eso es un gran acierto. Para millones de personas en todo el mundo, incluyendo las actuales generaciones chinas, la “Revolución Cultural” del Camarada Mao se recuerda como una aterradora expresión de odio hacia cualquier concepto humanista, especialmente de la cultura.

Igual que entonces en China, este concepto tan equivocado es la mejor explicación para lo inexplicable: el vandalismo y el rechazo a la presencia de periodistas. Estos “neorevolucionarios culturales” son capaces, como dijo el presidente del centro de alumnos, de establecer leyes que nadie debe violar, como la prohibición de informar de sus actos. Pero, como hemos visto en estos días, no aceptan las leyes y las disposiciones de nuestra institucionalidad democrática.

Como periodista –y en esto no puedo dejar de lado mi calidad de Presidente del Colegio de Periodistas aunque este comentario sea estrictamente personal- lamento lo ocurrido el viernes en lo que se define como “el primer foco de luz de la nación”. Lamento lo que representa ante nuestra sociedad y frente a quienes solo cumplen su misión de informar. Si hubiera una sospecha de montaje, como se ha dicho, esa sería –a mi juicio- la mejor razón para permitir el libre acceso de la prensa a los rayados y destrozos, de manera que todos los chilenos pudiéramos formarnos libremente una opinión propia.

Impedir el juicio independiente de la sociedad es, ya lo sabemos por experiencia propia, el primer designio de cualquier régimen dictatorial o totalitario. Esa es, creo, la muy mala señal que nos dan estos ocupantes autodenominados culturales.

No es precisamente -para citar de nuevo el himno del colegio- una “espléndida fortuna”.

Abraham Santibáñez