Editorial:

Chavez: al estilo Pinochet

Santiago, 21 de Septiembre de 2008

A estas alturas, el Presidente venezolano Hugo Chávez no necesita presentación. No está de más, sin embargo, recordar el retrato que hizo, justo hace dos años, el comentarista Carlos Peña en El Mercurio:

Hugo Chávez, escribió, es informal, lenguaraz, arbitrario, simplote, populista, simpático, desinhibido e impúdico. Los trajes, no hay caso, siempre le quedan estrechos y la corbata inevitablemente lo ahoga; emplea un lenguaje de programa matinal de radio o de cuartel; al comenzar los discursos se persigna como los futbolistas antes del partido; usa escapulario y le reza a la virgen María, y, salvo el temor de Dios, tiene esa apabullante confianza en sí mismo que sólo alcanzan las personas que, de pronto, y casi de la nada, se encontraron con el dinero a manos llenas”.

Ahora habría que agregar, como el mismo Peña lo hace notar, que “la conducta de Chávez y sus partidarios es casi igual a la que, en 1978, adoptaron Pinochet y sus partidarios frente a una condena de Naciones Unidas”.

Habrá naturalmente quienes discrepen, sin olvidar que la gran diferencia entre ambos militares en traje civil es que uno fue elegido y otro no, uno con corbata suelta y otro con una perla. Pero en la manera de encarar la crítica, ya sea interna o externa, las reacciones son las mismas.

Eso explica que, a la hora de resumir sus recomendaciones, el informe de Human Rights Watch había sido taxativo: “El gobierno de Chávez debería abandonar su agresiva postura de confrontación frente a los defensores de derechos humanos y las organizaciones de la sociedad civil”.

La ingenuidad de este planteamiento quedó en evidencia cuando el gobernante venezolano dispuso prestamente la expulsión de José Miguel Vivanco, el chileno responsable para el continente del organismo de DD.HH. Como si fuera poco, desde las altas esferas en Caracas, se desató una lluvia de improperios contra Vivanco y luego contra quienes, desde Chile y otras partes, pidieron explicaciones.

La desproporción del lenguaje utilizado es reveladora de lo difícil que resulta para La Moneda mantener un diálogo civilizado con Chávez. Si Juan Carlos de España no logró acallarlo, difícilmente se logrará mediante los mesurados conceptos de la diplomacia chilena.

Pero, a fin de cuentas, lo importante es quien exhibe los mejores argumentos. Y en este caso no hay donde perderse.

Abraham Santibáñez