Editorial:

El “boinazo”: el cuidado del bolsillo

Santiago, 1° de Agosto de 2004

En 1993 un titular del diario La Nación fue el pretexto para que el ex-dictador hiciera su última demostración de fuerza en democracia.

Aprovechando que el Presidente de la República estaba de viaje en los países escandinavos, el todavía comandante en Jefe del Ejército movilizó entonces sus tropas, vestidas con uniforme de combate, boina incluida. Un titular de primera página del diario de esa misma mañana, referido a un cuantioso pago del propio Ejército al primogénito de Augusto Pinochet, le dio la justificación a una acción era impresentable e indefendible.

En apariencia seguía en pie la amenaza de que si osaban tocar “a uno solo de mis hombres, se acaba el Estado de Derecho”. Aunque no se acabó el Estado de Derecho, en esas tensas horas del “boinazo”, hubo temores en una democracia todavía débil.

Ahora sabemos, sin embargo, que lo que defendía el dictador no era a ninguno de sus hombres. Ni siquiera a su hijo.

Lisa y llanamente, estaba defendiendo su bolsillo. La refundación de la Patria, que debía ser la herencia final del régimen, terminó convirtiéndose en el financiamiento de sus arcas personales.

Las revelaciones de las cuentas secretas en el Banco Riggs no significan el descubrimiento de que, además, hubo corrupción. Es una ingenuidad –o una frescura- sostener que las violaciones sistemáticas a los derechos humanos no deban considerarse como demostraciones de corrupción del régimen que se instauró por la fuerza en 1973. Obviamente, para todos resultó más conveniente –y cómodo- separar los crímenes contra las personas de los atentados contra el Erario. Esta es, sin embargo, una falsedad: al final, la gran mayoría de los chilenos figuramos entre las víctimas. Y quienes cometieron esos delitos, deben responder por ellos, sin importar si atentaron contra las personas o contra la caja fiscal... Solo hay diferencias de magnitudes

En buenas cuentas, lo que estamos viendo sólo confirma una vieja verdad: el poder absoluto corrompe absolutamente.

Abraham Santibáñez

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