Editorial:

Bonvallet: días sin huellas

Santiago, 11 de Mayo de 2003

El fenómeno Bonvallet, auto bautizado como el “gurú” es, en parte, una creación de los medios. Pero, como siempre ocurre, es sobre todo, una monstruosa fabricación social.

Fueron los medios los que le dieron tribuna. Pese a las repetidas advertencias del Consejo de Etica, diversas radios lo fueron recibiendo, creyendo que el culto del rating era más importante que cualquier otra consideración. En definitiva, ha sido el público, aparentemente fascinado por su audacia, el que lo ha elevado a los altares de la idolatría.

Ahora que, como el mismo ha reconocido, está viviendo su hora más negra, es bueno recordar que una alta autoridad universitaria consideró que la inspiración divina estaba detrás de la decisión de convertirlo en el entrenador de su equipo; que un ex comandante en Jefe de la Armada coincidió con él en que es el único chileno que puede interpretar dignamente a Arturo Prat; y que han sido numerosas las empresas que han patrocinado sus espacios radiales y su presentación en Canal 13 el año pasado y no pocas las que han pagado por sus cursos de “liderazgo”.

Sólo una sociedad enferma y desorientada puede canonizar a un personaje como Eduardo Bonvallet. Lo que debemos comprender ahora es que solo esa misma sociedad –en una sincera autocrítica- debe poner fin al penoso espectáculo de un hombre que no se controla, que se cree el único capaz, el único honesto, el único-único.

Hay otros exponentes de esta fauna surgida de los invernaderos audiovisuales. Pero ninguno llegó tan alto para caer tan estrepitosamente como ha caído Bonvallet, que en una borrascosa jornada agredió a un árbitro, desoyó el mejor consejo de sus propios admiradores y terminó en una pelea que eufemísticamente ha sido calificada como propia de una película de cow-boys cuando, en realidad corresponde a ambientes mucho más vulgares.

Sólo una visión muy menguada del mundo, una miopía generalizada y un falso concepto del espíritu emprendedor puede haberle dado a este personaje el vuelo que ha adquirido. Esperemos que esta vez la lección que él dice haber aprendido, sirva también a sus admiradores y, muy especialmente, a sus patrocinadores.

Abraham Santibáñez

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