¡LEVÁNTATE, CHILE!.

Expone: Enrique Ramírez Capello
Periodista

Lloro.

Tiemblo por Chile.

Más allá de mi entorno –esculturillas quebradas, loza destruida, cuadros rotos- importa el dolor de millares de compatriotas.

La muerte es incertidumbre. Ahora, vecindad.

La sentí próxima.

Y la veo en casas descuajaringadas, en cadáveres en callejas y ríos, iglesias donde rezaban pías señoronas hoy sin campanarios.

Nada es comparable.

Es lo más horrible en mi llagado tránsito de 66 años.

La angustia es una palabra mal definida en el diccionario. Como amor, beso, democracia.

Sentirla en tu piel, estremecerse con ella, vivirla, es distinto. Vigorosa e irremplazable. Profunda, como las heridas en la tierra.

Muchos grados y en gran parte de Chile central.

Inescrupulosos o ineficientes arquitectos e ingenieros que levantaron edificios de cartón para enriquecerse inmoralmente. Casas de barro y alambres que se contradicen con la egolatría nacional de país desarrollado.

Discursos y cifras oficiales se contradicen con la madre que semioculta su rostro detrás de sus lágrimas, de la niña con sus brazos desgarrados, de los que aún están en un edificio de 15 pisos que cayó como una torta mal armada.

El mar que se traga –insaciable- caletas de pescadores. Padres desesperados que roban fideos y azúcar. Malandrines que arrasan con televisores y computadores: eso es robo y escándalo, sin eufemismo.

Pero también es triste la desigualdad de mi país.

Techos desaparecidos, hombres de los que desconoce el paradero, la educación castigadora en sus tarifas.

Bancos en pecado de impudicia en los intereses y –no es caricatura- mendigos en el pórtico.

Deportistas analfabetos y millonarios. Profesionales cultos sin trabajo. Rubias teñidas y con bustos de silicona en la televisión y periodistas de excelencia sin tribuna.

Sólo ayer aparecieron algunos de los mejores en la televisión. Con dignidad y sacrificio. Y -en general- tino, lo que faltó en las primeras horas.

Otros difunden torpemente rumores –que jamás deben repetirse- y generan alarmantes versiones que nos remecen más.

No me gusta el toque de queda, con sus rastros del pretérito. Acaso es inevitable.

Más allá de toda mesura una mujer hace un rato demandaba: “Pedimos que los militares salgan a fusilar a los delincuentes”.

¡Dios mío!

Tuve miedo, sí.

Multitud de estudiantes sabe que creo que un terremoto es el mayor examen de vocación periodística. Como el golpe de estado, apagones, inundaciones.

Nos agitan, remecen la adrenalina, alientan el titular desafiante.

Amo a mi país, sin texturas de nacionalismo.

Y el dolor de los otros es inevitablemente mío. Nuestro.

Pero como amigos en el extranjero han sido gentiles y me han escrito con afán de solidaridad y ex alumnos, colegas y parientes me escriben, reseño algo personal:

Mi departamento era un barco a la deriva: ni en los peores temporales he sufrido tanto. Un tren sin frenos, un peligro que ardía.

El edificio -aledaño a la plaza Baquedano- es de los años 40. Resistió la gran compresión. Sólo rasguños en los muros, no fisuras graves.

Los caballos que cuelgan de los cielos se mantuvieron ahí. La escultura de Chaplin siguió enhiesta. Viejas lámparas me impedían la salida.

Se quebraron jarrones heredados. Todos son bienvenidos a mi casa, mas algún tiempo debemos continuar abstemios: se trizaron todas las copas y los vasos.

El Principito –sonriente y amable- obstruyó mi puerta principal.

Y al borde de la tragicomedia: residente de un hogar lúdico, en medio del terremoto un trencito de juguete empezó a girar locamente en mi dormitorio. No lo podía cazar. Además –por mis pocas destrezas tecnológicas- fue imposible encontrar fluorescentes automáticos.

Soledad, mi hija, y Rodrigo, mi yerno, fueron solidarios y cariñosos. Me rescataron y llevaron a su departamento.

Todos los de mi familia están bien, aunque algunos sin agua ni luz.

Marcelo, mi hijo, está bien.

Mis nietos, sorprendido por algo que no conocían.

Me duele el pillaje: ¿desesperación, inmoralidad?

Espero el retorno a clases. Sé de muchos: los cercanos están bien. Acompaño a los demás.

Ruego a Dios por el retorno del sosiego telúrico, la tranquilidad de los chilenos. Y agradezco la preocupación y la solidaridad.

Un abrazo.