Los políticos no son los culpables

Chile está sufriendo una avalancha de pesimismo.

Jorge Burgos fue categórico: “El país se ha descarrilado; hay que ponerlo otra vez en la vía”, indicó en una comentada entrevista en El Mercurio.

Ricardo Lagos fue igualmente taxativo: “Creo que es la peor crisis que ha tenido Chile desde que tengo memoria”, sostuvo en La Tercera.

Ambos pronunciamientos, sin el tono épico de Mario Vargas Llosa, recordaron su retórica pregunta: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Su frase se convirtió en un lugar común en América Latina. No es difícil entenderlo: en cada país se produce, de tiempo en tiempo, una crisis que obliga a preguntarse cuándo comenzó y si terminará alguna vez.

En las últimas semanas se ha librado una ruda batalla verbal encabezada por el dúo Burgos-Lagos. Ellos y otros agoreros parecen competir en un juego de sombrías metáforas, incluyendo la interrogante de si se acabó o no la Nueva Mayoría.

El efecto acumulado -exacerbado por los medios informativos- acentúa el rechazo ya existente contra el mundo político.

Creo que es un error. No fueron los policos quienes “jodieron” a Chile. Fue la suma de todos los miedos cultivados con tenaz entusiasmo a lo largo del último medio siglo. Chile fue escenario de una de las más grandes batallas comunicacionales de la Guerra Fría. Primero fueron panfletos (con consignas como los tanques soviéticos frente a La Moneda y unos sórdidos comics contra la revolución cubana); luego las diatribas radiales y escritas y, finalmente, el fuego y la sangre del golpe militar.

En la primera -reveladora- justificación del golpe emitida a media mañana del 11 de septiembre de 1973 se denunciaba:

1.º- La gravísima crisis económica, social y moral que está destruyendo el país;

2.º- La incapacidad del Gobierno para adoptar las medidas que permitan detener el proceso y desarrollo del caos;

3.º- El constante incremento de los grupos armados paramilitares, organizados y entrenados por los partidos políticos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil.

En otras palabras, era el fracaso de los civiles.

A partir de entonces se impuso por la fuerza un modelo económico que para algunos ha sido exitoso pero que está marcado por un desenfrenado individualismo. El sistema de pensiones de las AFP, por ejemplo, se basa en una engañosa promesa que con el tiempo se tradujo en una mayoría que recibe pensiones miserables mientras algunos privilegiados son premiados con cinco o más millones de pesos al mes.

No es el único caso. Los ejemplos se repiten a lo largo y lo ancho de nuestra sociedad. Es la política del “sálvese quien pueda”, el “modelo” en que cada uno debe rascarse con sus propias uñas, que fue matando la solidaridad y los sueños compartidos entre los chilenos.

Los culpables no fueron los dirigentes políticos democráticos.

A. S.
Agosto de 2016
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas