Tentación cibernética.

 

El copy paste, o “copiar y pegar” como recomienda Fundeu, organismo especializado en el uso correcto del castellano, está de moda. Lo último es la autocopia de un fallo judicial: a la jueza Verónica Sabaj le invalidaron una sentencia por repetir datos en casos diferentes. Unos días antes, el mundo político chileno se estremeció porque parte de la acusación contra el entonces ministro de Educación era idéntica a la argumentación de un libelo similar… en contra del ministro del Interior.

En uno y otro caso, la copia se detectó por errores elementales. La jueza repitió en sus fallos idénticas declaraciones atribuyéndolas a inculpados distintos. En la acusación constitucional, el error era igualmente evidente –aunque cabe preguntarse porqué costó descubrirlo- ya que los artículos invocados de la Constitución que se aplicaban en una situación, no tenían mucho que ver con la otra. Las supuestas faltas de un ministro no tenían sentido respecto de su colega.

Aunque el sistema de copiar y pegar se ha ido generalizando, quienes lo utilizan no parecen sacar lecciones de la experiencia. En mis clases en la universidad he encontrado en un reportaje firmado por un varón, expresiones obviamente femeninas, como “nosotras”. Algo parecido descubrí en un trabajo sobre computadores: un estudiante chileno hablaba de “las computadoras”, uso típicamente trasandino. También han aparecido foráneos “ordenadores” y “carros” en vez de autos.

Esto demuestra algo lamentable: el copiador ni siquiera se ha preocupado de leer el material original. Hasta el siglo pasado, el plagio obligaba a transcripciones manuales: en vez de pasar “mágicamente” de una pantalla a otra, los textos hacían escala obligada en las neuronas del sujeto y allí, “sin querer queriendo”, algo quedaba.

Es el fruto indeseado de una tecnología que debería facilitar la ejecución de tareas rutinarias y permitir un mayor despliegue de originalidad. Pero la tentación es más fuerte. No solo en Chile: en febrero pasado, Angela Merkel anunció que había aceptado la renuncia de la ministra de Educación Annette Schavan. Poco antes, la Universidad de Dusseldorf le había quitado su doctorado en Filosofía por copiar partes de su tesis. Un par de años antes, Karl-Theodor zu Guttenberg perdió su título de doctor en Derecho. Era un destacado miembro de la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) y tenía un futuro político promisorio en Alemania. Había plagiado el 94 por ciento de su tesis.

En nuestro continente, según el sitio electrónico El rincón del bibliotecario, uno de los casos más conocidos –no el único- es el del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. En 2008 se le acusó “de haber plagiado 16 artículos periodísticos”. El organismo de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual peruano lo encontró culpable. Fue sancionado con más de 20.000 dólares.

En su defensa, argumentó inicialmente que el plagio “es una forma de halago”. Después le echó la culpa a su secretaria.

Hasta aquí, en Chile, no se le ha echado la culpa a nadie.

 

A. S.
19 de abril de 2013.
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas