El largo viaje del presidente Xi

Napoleón dictaminó que China era un gigante dormido, que despertaría en algún momento: “Entonces, agregó, el mundo va a temblar”. En años más recientes, luego de la II Guerra Mundial, en mi colegio en La Cisterna, vimos más de una vez a misioneros salesianos que venían de China a dar testimonio de hambrunas, violencia y dolor. Hoy, en una historia que sigue evolucionando, nos vestimos con ropa china, usamos dispositivos domésticos chinos, nos conectamos con el mundo a través de equipos electrónicos chinos y -aunque no siempre lo notamos- hasta leemos libros impresos en China.

Lo pronosticó en 2011 Henry Kissinger: “China ejercerá una función muy importante en el mundo que empieza a vislumbrarse en el siglo XXI”.

La realidad ha ido más allá: mientras Estados Unidos, con Donald Trump a la cabeza, juega al aislacionismo, China ofrece cooperación y sensatez. Es más: ha anunciado su disposición a jugarse por el aseguramiento de la paz en todo el mundo. Es el resultado de una política que no ha sido fácil de implementar, en un proceso dramático y complejo. Así lo sabe bien el Presidente Xi Jing Ping.

El mismo experimentó la violencia de la Revolución Cultural en carne propia. Pero gracias a su portentosa recuperación personal terminó por llegar a la cúspide del poder. Hace cinco años fue designado presidente del país más poblado de la tierra. China caminaba entonces en medio de las sombras de la corrupción y el escándalo.

Ha logrado consolidarse. Xi fue consagrado (un comentarista español dijo que “entronizado”) por cinco años más. La suya es una ruta marcada por el culto de la personalidad como no había habido desde el mítico Mao Zedong (Mao Tse Tung).

La economía china sigue creciendo pero, sobre todo, la figura de su presidente se ha levantado como un líder a nivel mundial. Lo planteó en su extenso discurso de tres horas y media en la inauguración del congreso del partido comunista: “Nuestro país está en un importante período de oportunidades estratégicas en su desarrollo… El socialismo chino está entrando en una nueva era”.

Nadie parece cuestionar el precio que se ha pagado, incluyendo una discutible democracia sui generis y excesos y abusos en materia de derechos humanos.

No es un problema menor. Pese a las diferencias valóricas, la pragmática relación de nuestro país con China es positiva. El propio presidente Xi la describió como una alianza del jade con el cobre, símbolo en su país de una unión feliz. Y no se trata de una poética metáfora. Según contó él mismo, las medallas de oro de los Juegos Olímpicos de Beijing estaban hechas con esos dos materiales: Jade chino y cobre chileno.

Esta positiva relación valida un viejo sueño infantil: hace años se decía que si uno excavaba con paciencia y habilidad, podría llegar a China. A costa de la destrucción de miles de palitas de playa, la tarea demostró ser imposible.

Solo ahora, gracias al programa “Antipodes map”, se sabe con certeza que tanto desde Chile como desde Argentina, se podría cruzar el globo terráqueo... y llegar a China. Un agujero hecho en la plaza de armas de Santiago concluiría en Chiang (Xián) en China, la ciudad donde se encontró el muy famoso ejército de terracota.

Algún significado práctico debe tener.

A. S.
Octubre de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas