Una leyenda de medio siglo

Cincuenta años después de ser ultimado por un sargento del ejército boliviano cuando estaba inerme, detenido en la escuela de La Higuera, la imagen de Ernesto Che Guevara sigue viva. Pero casi nadie lo ve como un símbolo de la guerrilla revolucionaria.

El triunfo en Cuba, donde participó al lado de Fidel Castro, fue su trampolín hacia la fama. Pero no todo el mundo se dio cuenta de que era un escenario irrepetible. Eso explica que su intento de trasladar la experiencia fuera de Cuba estuviera destinada al fracaso desde el comienzo.

En Bolivia el pequeño grupo del Che nunca encendió la imaginación popular. Pero, además, tropezó con el rechazo del Partido Comunista. Las discrepancias, como anotó Guevara en su diario, se hicieron evidentes desde el primer día. En enero de 1967, apenas dos meses desde el comienzo de la aventura, Fidel Castro mostraba por escrito su preocupación por la falta de entendimiento con el PC.

El grupo guerrillero, que contaba inicialmente con dos cubanos y una decena de bolivianos, se encontró con múltiples problemas. El Che, conforme su Diario, llegó a molestarse porque los cubanos “se dedican a holgazanear”, casi como estuvieran de vacaciones. Más adelante, anotó con pesar que uno de los bolivianos había perecido ahogado. Cuando acudieron a un dirigente local para que les diera ayuda, el dueño de casa no vaciló en informar a las autoridades. El asma de Guevara le impedía moverse con facilidad. En menos de un año -noviembre de 1966 a octubre de 1967- la situación se fue haciendo cada vez más difícil.

En el diario, escrito en una agenda médica alemana con su letra pequeña y no muy clara (de médico), llevaba un completo registro de todo lo ocurrido en cada uno de los escenarios en que vivió. Aunque siempre subrayaba lo positivo, en Bolivia debió aceptar que la suerte le era adversa. Agosto de 1966, resume, fue “el mes más malo que hemos tenido en lo que va de la guerra”. Poco después se desahogó contra los críticos de su mismo bando: tomó nota de un diario de Budapest que lo calificó de “figura patética” y clama: “Cómo me gustaría llegar al poder para desenmascarar a cobardes y lacayos de toda ralea”.

La memoria del guerrillero argentino-cubano se idealizó a partir de la llegada de Fidel Castro a La Habana en 1959. En los primeros meses se vio como una saga heroica y entusiasmante. Por un tiempo, en los años 60, tuvo imitadores en otros países del continente. Pero ninguno triunfó. Estados Unidos, luego del fracaso de la invasión de bahía Cochinos, endureció su forma de reaccionar. En rápida sucesión se pasó de la Alianza para el Progreso de Kennedy, a la “doble vía” de Nixon, aplicada brutalmente contra el régimen de la Unidad Popular en Chile.

En esta etapa, el Che que nunca se sintió cómodo con las tareas burocráticas en Cuba, construyó una imagen del guerrillero desinteresado, que luchaba solo por la liberación de los oprimidos. No era una pose: siempre se mostró compasivo con los explotados y conoció a muchos en nuestro continente cuando emprendió su primer viaje entre 1951 y 1952.

Es la experiencia que se retrató en 2004 en la película Los diarios de la motocicleta. Pero su buen corazón ni su aire romántico fueron suficientes para darle el triunfo en la vida real.

A. S.
Octubre de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas